Opinión
Starmer, la antítesis de Sánchez
El primer ministro británico cree que es el responsable de la caída de votos, mientras que el líder del PSOE se vende como el único salvador para la remontada. Es decir, responsabilidad versus mesianismo

Pedro Sánchez y Keir Starmer en Dowing Street. / Bloomberg
Es imposible no hacer la comparativa, especialmente cuando el azar hace coincidir ambas noticias, con la carga de profundidad que tal comparación representa. Mientras el primer ministro del Reino Unido dimite como líder del Partido Laborista y jefe de gobierno, por haber perdido las últimas elecciones municipales y regionales del mes de mayo, Pedro Sánchez parece estar enganchado con cola de contacto al púlpito de la presidencia.
Las similitudes son tan considerables como significativas las diferencias. Los dos han sufrido sonoras derrotas electorales, pero mientras Sánchez no se ha inmutado ante los fracasos de Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía (es decir, ha perdido todas las elecciones recientes), Starmer ha entendido que una caída de votos tan importante lo convertía en principal responsable de la derrota. Esta es la primera gran diferencia: el sentido de responsabilidad ante una derrota electoral. Starmer cree que es el responsable de la caída, y Sánchez se saca todas las pulgas y encima se vende como el único salvador para la remontada de futuro. Es decir, responsabilidad versus mesianismo.
De aquí se deriva una segunda gran diferencia: Starmer entiende que la pérdida de confianza ciudadana implica un desgaste severo de la institución que lidera y, por eso, no solo dimite como jefe del laborismo británico, sino como jefe de gobierno. Es decir, abandona el 20 de Rushworth Street, pero también el 10 de Downing Street, porque entiende que un líder político que sufre fugas tan importantes de votantes no mantiene la credibilidad para dirigir el país. Sánchez, en cambio, no solo no abandona la calle Ferraz, ni tampoco la Moncloa, sino que continúa gobernando el partido con un dominio absoluto, y el país, con la arrogancia propia de los autarcas. Es decir, sentido institucional versus sentido de propiedad.
La tercera diferencia no parte de una similitud previa, porque Starmer no está rodeado de escándalos de corrupción. Es cierto que sufrió una severa crisis reputacional cuando nombró a Peter Mandelson como embajador en Washington (muy criticado por sus antiguos vínculos con Jeffrey Epstein), pero nada comparable con lo que pasa en España. Y este es el punto clave: Starmer no ha necesitado un gran escándalo de corrupción para entender que no podía mantenerse en el poder. Sánchez, en cambio, está inmerso en una tormenta perfecta de escándalos de corrupción -económica e institucional-, y nada lo inmuta. Es difícil imaginar que Starmer se mantuviera en el poder con su círculo de confianza condenado o en proceso, con su mujer y su hermano imputados, con su padre político y expresidente del país, Rodríguez Zapatero, bajo sospecha de una corrupción con vínculos internacionales, y con la presunción de haber usado las alcantarillas para tapar miserias. Uno solo de estos hechos hace caer a un gobierno en un país democrático pero, en España, la suma de todos ellos continúa dando a un presidente que habla con soberbia, da lecciones morales a los adversarios y amenaza con quedarse en el poder una legislatura más. Parece una burla a la democracia, pero él lo denomina «responsabilidad política».
¿Qué hace manteniéndose en la presidencia? Acaban de condenar a su hombre de máxima confianza a 24 años de prisión por haberse lucrado en plena pandemia con la venta de mascarillas, aprovechando su condición de ministro. Y es la primera de las muchas sentencias que se prevén. Además, hay que añadir el descrédito global, la debilidad parlamentaria, la imposibilidad de avanzar con proyectos y leyes, y la convicción colectiva de que esta legislatura está muerta. Y, aun así, se aferra obsesivamente al cargo, y todavía intenta vender a la ciudadanía que lo hace para salvar a España de un futuro incierto. Starmer dimite para fortalecer el juego democrático. Sánchez se queda para aprovecharse. En este sentido, resulta fácil entender quién otorga confianza al sistema y quién ayuda a erosionarlo. De Starmer a Sánchez, confianza versus descrédito.
Acabo con la frase que Starmer ha dicho en el momento de la dimisión: «Cada decisión que he tomado ha consistido en poner por delante al país que quiero. Por eso, dimitiré». Sánchez se pone a él por delante. Es decir, compromiso de ciudadanía versus egolatría. Son las dos caras del poder: uno lo ha servido con su dimisión; el otro lo utiliza para mantenerse.
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