Opinión
Rifa sexual de mujeres

Rifa sexual de mujeres / EFE
«¿Quieres cobrar con dinero o con un polvo?» Esa era la pregunta que la dueña de un prostíbulo hacía a los obreros, informáticos o electricistas que acudían al lugar para hacer reparaciones. Bajo sus órdenes estaban más de un centenar de prostitutas. Las ofrecía como un catálogo. También tenía opciones de fidelización. En la web mostraban a la «chica del día» a mitad de precio, o una rifa mensual, donde una mujer era ofrecida gratis al ganador de un sorteo. Además, aplicaban rebajas si era el cumpleaños del putero o este traía a un amigo. Las víctimas, mientras, esclavizadas y disponibles las 24 horas al día. Si tenían la menstruación, les ponían una esponja ahí mismo para que el negocio no parase. Si ellos tomaban drogas, ellas también estaban obligadas a consumirlas. El negocio ha durado más de once años. La jefa y otras tres colaboradoras quedaron en libertad a las pocas horas de ser detenidas. Esto ocurrió hace poco más de un mes, pero la noticia pasó desapercibida, como tantas sobre trata. Noticias como estas hay varias cada semana porque es lo cotidiano. El 27,5% de los españoles afirma consumir prostitución, según una encuesta del CIS esta misma semana. Profesionales contra la trata consideran que ese dato no es real, porque no encaja con el número de casos de explotación que se desmantelan cada mes, con la cifra de prostituidas y con los beneficios generados.
La misma situación vivían otras mujeres en Oviedo, encerradas bajo llave y amenazadas. «Quién te va a creer a ti que no tienes papeles», les advertían, para que no denunciaran. Esta semana hemos conocido la condena a cuatro años de prisión a un hombre de 61 años en Suecia, acusado de obligar a prostituirse a su esposa con más de un centenar de hombres. También que trabajadores de Médicos sin Fronteras han explotado sexualmente a refugiadas de Sudán a cambio de comida. Y, hace no tanto, la noticia de un club de fútbol valenciano que llevó strippers a los jugadores menores de edad del juvenil para celebrar una victoria.
Pueden parecer cuatro historias distintas, pero no lo son. Cuando una mujer es sorteada, no es sexo, es subasta. Cuando una mujer es utilizada como forma de pago, no es libertad sexual, es una moneda. Cuando una mujer no decide sobre su propio cuerpo, no es trabajo, es explotación. Todo se sostiene sobre el poder. El mensaje de fondo es exactamente el mismo. La victoria se celebra con mujeres. La fidelidad del cliente se recompensa con mujeres. La reforma del local se paga con mujeres. Siempre convertidas en algo que se entrega a otros hombres.
Una cultura que convierte a las mujeres en mercancía, en premio o en propiedad. Ninguna de ellas surge de la nada. Todas necesitan un entorno que las haga posibles. Y la alta demanda de ese entorno genera escalofríos. Para que el negocio funcione, hay que crear a mujeres pobres o vulnerables. Y eso nos puede incluir a todas si la historia cambia. Porque lo inquietante es vivir en una sociedad donde por ser mujer puedas acabar en una rifa de explotación sexual.
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