Opinión | Tribuna
La tía Marina
Ella no fue la tía «solterona» al uso de los sobrenombres crueles de otros tiempos. No vestía de negro y fumaba un tabaco insoportable

Personas fumando / EP
La figura de la tía soltera —pero soltera como se entendía antaño: sola, sin novio conocido, con un pasado inmaculado, como dirían entonces y con devoción a la estirpe de sus hermanos y hermanas— pertenece tanto a nuestros recuerdos más íntimos como al imaginario colectivo de quienes tenemos cierta edad y somos hijos e hijas de una época de cambios que transformó nuestro país. Es probable que algunos de ustedes tengan aún o hayan tenido, una tía soltera llamada Catalina, María o quizás Marina.
Esta mujer constituye un elemento casi ancestral en nuestra historia cultural y familiar. Una figura que se repite en todos los territorios, culturas o tradiciones, y en todas las versiones posibles, pero que enseguida identificamos. Es la hermana pequeña o mayor de nuestro padre o madre. Aquella que, incluso con sus manías o rarezas —a menudo atribuidas injustamente a su soltería, como si esta fuera sinónimo de soledad—, nos cuidaba lo mejor que sabía cuando nuestros progenitores no podían por algún puntual motivo. Aquella que trataba a todos los sobrinos por igual y de los que ensalzaba siempre alguna cualidad personalizada. Para cada uno de nosotros era única, casi exclusiva en nuestra mente infantil, y nosotros, para ella, una suma de maravillosas singularidades. Con ella compartimos veranos, risas, lágrimas y miles de anécdotas. Ella está también en nuestra biografía. Es una de esas huellas que, sumadas a tantas otras, conforman el sustrato profundo y complejo de lo que somos hoy.
Mi tía Marina, la tita, cuidada por una gran mujer en sus últimos años, murió hace poco. Ella no fue la tía «solterona» al uso de los sobrenombres crueles de otros tiempos. No vestía de negro, fumaba un tabaco insoportable y sostenía sus pitillos en unos finos dedos coronados por uñas perfectas pintadas de rojo que jamás vi descuidadas. Era presumida, también trabajó y viajó mucho cuando los sillones con orejeras quedaron desocupados de los abuelos. Ella era siempre ella misma. O al menos eso creo. Tal vez faltaría ahondar en sus anhelos más íntimos, que para mí siempre fueron un misterio y aún lo son. Fue la hermana pequeña, nacida prematuramente de una madre que ya había parido muchas veces antes. La última de una hermandad de nueve, la mayoría hombres. Una mujer andaluza cuyo destino le tenía deparado quedarse al cuidado de sus padres mayores. Después se convirtió en el pegamento de todos, ofreciendo su casa y cuanto fuera necesario para reunirnos en Jaén. Recuerdo aquellas Navidades de mi infancia. Vivencias indelebles y nutrientes que nos hicieron crecer, soñar y creer en la familia de primos y tíos; sentir con absoluta certeza que se pertenece también a la otra familia, a la extensa.
La tía Marina, la soltera, la que guardaba secretos de todos bajo la llave del imperio de su corazón, la que tejía una red invisible que aún perdura en la unión de los sobrinos y sobrinas, ya no está. Su energía cuántica se fue a algún lugar indescifrable junto al resto de nuestros seres más queridos: abuelos, padres y hermanos. Pero permanece en nosotros. En los recuerdos, en los vínculos que ayudó a sostener y en esa forma de querer que terminó dejando una huella imborrable.
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