Opinión
El veranoya está aquí

León XIV / À PUNT
1. La visita del Papa León XIV ha servido –entre otras cosas bastante más esenciales– para resucitar el empeño de un santo catalán. Ya hubo otro, hace años, para conseguir un nobel de literatura catalana –Pere Gimferrer y Baltasar Porcel formaron parte de la terna auspiciada por el gobierno pujolista– y pese al fracaso de entonces, no duden de que los hay que no paran de coser a ver si cae algún día en cualquier otro nombre. Catalán y en catalán, por supuesto. Mientras tanto la campaña Gaudí santo súbito, apoyada en el espíritu magmático de la Sagrada Familia –¿cuántas veces habremos oído estos días que es la iglesia más alta del mundo?– sustituye al cíclico empeño, ahora un tanto arrinconado, de canonizar a Ramon Llull que de momento se ha quedado en la cueva meditando y sin aeropuerto que valga.
La pregunta catalana es: ¿quién tiene más posibilidades de lograrlo: un escritor nobel o un santo en los altares? Porque lo gracioso de este asunto es que lo que menos importa a sus promotores es la calidad literaria, o una vida digna de santificación. Eso les trae al pairo, aunque puedan tener complicidades académicas y eclesiásticas, que siempre crean el espejismo de llevar razón o tenerla a costa de lo que sea. Lo que verdaderamente importa es la denominación de origen del nobel y del santo con fines exclusivamente nacionales. El nobel o la santidad como vías para la independencia. Lo demás qué más les da.
2. El tatarabuelo del editor, poeta y crítico Andreu Jaume Enseñat fue un indiano que triunfó junto con sus hermanos en Montevideo, Uruguay. Armadores de una compañía de navegación y otros fructíferos negocios le hicieron regresar a la isla natal con una importante fortuna y el moderno espíritu empresarial, intacto. Construyó una magnífica villa en Sa Porta de Sant Antoni, esquina Avenidas –en su lugar hay un banco ahora–, fundó el Cine Oriental y la compañía de tranvías y urbanizó parte de El Ensanche. Y mientras su hermano compraba Raixa, la finca del cardenal Despuig, y Son Serra, él adquirió la fábrica de cerámica La Roqueta. Lo que se llama un perfecto espíritu burgués cuando burgués era sinónimo de ciudadano.
Estos días se celebra en el Centro Coll Bardolet de Valldemossa una exposición de distintas y variadas piezas de La Roqueta, que forman la colección particular de Jaume Llabrés, el hombre que clasificó los bienes de las Capuchinas. Es una muestra del buen hacer de aquella fábrica que compraría Andreu Jaume Nadal y cuyo espíritu luce con fuerza en Casa Barceló de la plaza Quadrado. Pero también en muchas casas y villas modernistas de Sóller, El Terreno, Bunyola… Jarras, ladrillos, platos, tazas, jarrones, ornamentos, las sempiternas y asquerosillas escupideras y tantos otros objetos decorativos ofrecen al visitante una idea de la importancia que tuvo La Roqueta en la isla. Una idea de lo que fue y pasó, dejando un nombre, La Roqueta, que siempre se ha de asociar al buen hacer de los ceramistas mallorquines. En fin, que si Gaudí tuvo los dragones del Parc Güell, nosotros tenemos las lagartijas –sargantanes– de La Roqueta. Nuestro espíritu nunca fue de leyenda medievalista.
3. De las lagartijas de La Roqueta a las mariposas del cardo, que ahora están por todo. Desde hace unos días quien camine por un jardín o por algunas zonas boscosas se ve envuelto en un escenario de los Fairy Tales. O ya puestos, en el fragmento de una pintura prerrafaelita. Su nombre, según el gran Linneo, es Cynthia Cardui y seguro que Nabokov la tenía bien clasificada. Hay un verdadero festival de esas mariposas endémicas de Mallorca, que algunos aseguran procede de Marruecos y yo creía que se debe a lo mucho que ha llovido este invierno en la isla. Ambas posibilidades son poéticas. La marroquí le da a la invasión un aire de las mariposas monarca que invaden cíclicamente México. La de las lluvias nos regala otro paisaje para las Rondaies.
Y 4. Leo que a la presidenta del Govern le gustaría aplicar medidas en la Serra de Tramuntana para impedir la otra invasión de este verano: los avistadores de eclipses. Aporto una medida: propongo que los mallorquines ni nos inmutemos por el eclipse. En fin, que sigamos con lo nuestro y ni caso. Como cuando hace años pasó el presidente Clinton por la plaza de Santa Eulalia y los habituales seguimos charlando sin más. «Crec que ara pasa en Clinton», dijo uno. Ni una mirada.
Y si nos preguntan, la respuesta es de rigor: ¿qué eclipse? Basta ver como se pone en verano la carretera de Deià y alrededores al atardecer –saturada por los nuevos descubridores de la existencia de las puestas de sol– para encerrarse en casa y no salir. Entre los anuncios de cerveza –vive mediterráneamente– que tanta desgracia nos han traído y ahora la fiebre del eclipse, créanme –ya sé que no me harán caso–, pasen del eclipse y de los encuentros en la tercera fase. Ya sólo falta –al hilo del último Spielberg– que de nuevo empiecen a avistarse ovnis en las costas de Sóller: la caraba.
Feliz verano.
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