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Opinión | Tribuna

Los fármacos contra la obesidad también controlan el alcohol y otras adicciones

Un ensayo clínico recientemente publicado en The Lancet demuestra que los nuevos fármacos contra la obesidad reducen de forma significativa el consumo de alcohol

Fármacos contra la obesidad en una farmacia

Fármacos contra la obesidad en una farmacia

Lo que comenzó como un tratamiento para la diabetes tipo 2, más tarde para reducir peso y después con beneficios en salud cardiovascular, muestra ahora su aplicación en el control de circuitos cerebrales que regulan el deseo y la recompensa y así la adición al alcohol y otras sustancias.

Nos referimos a los fármacos contra la obesidad que, en pocos años, han pasado de ser promesa a éxito clínico. La semaglutida (comercializada como Ozempic y Wegovy), agonista del receptor GLP-1, y la tirzepatida (Mounjaro y Zepbound), agonista dual GLP-1/GIP, han demostrado reducciones de peso, clínicamente muy relevantes y sostenidas, gracias a su acción mimética de las incretinas, hormonas intestinales que regulan el apetito, la saciedad y el metabolismo energético.

Las primeras señales de un efecto más amplio surgieron en estudios con modelos animales: los agonistas GLP-1 reducen conductas relacionadas con la adicción a opioides como la heroína y el fentanilo, apuntando a un mecanismo común en los circuitos cerebrales de la recompensa. A ello se sumaron observaciones clínicas: pacientes que no solo comían menos, sino que también reducían el consumo de alcohol, tabaco u otras sustancias. Durante un tiempo, lo consideramos como evidencia fragmentaria.

Un claro avance llegó con estudios poblacionales a gran escala, como el seguimiento durante 3 años de más de 600.000 pacientes con diabetes tipo 2, publicado el pasado marzo en British Medical Journal, que mostró menor incidencia de nuevas adicciones (alcohol, cannabis, cocaína, nicotina y opioides) y menos complicaciones graves, asociado a estos fármacos. Pero estos datos, aunque amplios y muy sugerentes, eran solo de tipo observacional. Dicho sea de pasada, este tipo de estudios observacionales son muy valiosos, pero no demuestran causalidad; para inferir causalidad se necesitan estudios que aíslen efectos, los que conocemos como ‘estudios de intervención controlados’.

El paso se ha dado. A primeros de mayo conocimos el ensayo clínico de intervención publicado en The Lancet, con diseño aleatorizado, a doble ciego y controlado con placebo —el estándar más exigente—, que evaluó la semaglutida (2,4 mg, una vez por semana) durante 26 semanas en 108 pacientes con obesidad y trastorno por consumo de alcohol, junto con terapia cognitivo-conductual.

Aunque el número de pacientes es limitado, el estudio demuestra causalidad y el resultado es relevante: reducción significativa de los días de consumo intensivo de alcohol (–13,7 puntos porcentuales frente a placebo), junto con mejoras clínicas tanto en el deseo de beber como en otros parámetros clínicos.

Quedan interrogantes: su eficacia en poblaciones sin obesidad, y en poblaciones más diversas, la duración óptima del tratamiento, su combinación con otras terapias o qué ocurre al suspenderlo. Pero el cambio de escenario es evidente.

Nos dimos cuenta hace ya 25 años de la extraordinaria complejidad del entramado que regula el peso corporal, con el papel central de la leptina, descubierto por Jeffrey Friedman en la Universidad Rockefeller de Nueva York. Hoy sabemos que la leptina no solo actúa regulando el balance energético en tiempo real, sino que también participa en la programación a largo plazo de la propensión a la obesidad a lo largo de la vida. descubierto por nuestro grupo en la UIB, cuyo potencial de aplicación práctica, sin embargo, aún se resiste a materializarse. Entre lo que faltaba por comprender está la conexión con los sistemas de recompensa, responsables de la tendencia a reincidir tanto en el comer como en el beber. Es ahí donde las incretinas y los fármacos GLP-1 relacionados suponen una auténtica revolución.

A medida que comprendemos mejor estos mecanismos, la conexión entre los procesos que favorecen la obesidad y los que subyacen a las adicciones deja de resultar sorprendente. Todo apunta a que los fármacos basados en incretinas y otros péptidos del tubo digestivo han permitido deshacer un auténtico nudo gordiano. Refuerzan la perspectiva de una medicina menos fragmentada, más integradora. Si la ciencia avanza desvelando la complejidad de las enfermedades, el sistema sanitario debe evolucionar congruentemente, impulsando equipos multidisciplinares, una organización más coordinada y una financiación pública acorde que permita trasladar estos avances a la práctica clínica.

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