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Opinión

Tu hogar como precipicio

Grupo de niños de Son Espanyolet una tarde de domingo.

Grupo de niños de Son Espanyolet una tarde de domingo. / A.V.

Por circunstancias, vuelvo al barrio muy a menudo. La vida es cíclica y, a veces, del todo circular en su trayectoria. Llevo años reencontrando amigas y amigos de la infancia que van volviendo, no muchos. En Son Espanyolet (o San Catalanito), esquivando a los rubiales, puedes ir encontrando a viejos compañeros que como servidor van quemando etapas cuando estas no te abrasan en el día a día. Ya hay que preguntar con mucho tacto por la salud de los correspondientes progenitores.

El otro día entré en una tienda y resulta que la ha cogido Pedro. Hacía unos cuarenta años que no nos encontrábamos ni de casualidad (Mallorca es un caleidoscopio minúsculo en el cual puedes estar decenios cruzándote sin encontrarte, basta te saquen del contexto habitual, nada es lo que parece) y mucho menos intercambiar cuatro palabras. «Volta el món i torna al Born». De esas personas que tu madre te habla cada cierto tiempo y en casa de ellos, viceversa, igual, pero que realmente la vida nunca te ha puesto enfrente en el camino con algo de calma. Te alegras sinceramente del reencuentro. Además, el local no lo ha cogido ningún vikingo, lo ha pillado un indígena como Pedro y encima en un punto emblemático de la calle que da nombre al barrio.

A este vecino siempre lo miré con disimulada curiosidad a partir de cierto momento trágico. A. N., su hermana, también, y ya no digamos a su hermano J., que fue el prota absoluto y de la manera más dramática, un auténtico y silencioso héroe para muchos de nosotros.

El ascensor de la finca donde nos encontrábamos entrando y saliendo era lento de cojones. Muy antiguo y viejo pero funcionaba los 365 días del año con regularísima parsimonia, tanta que la verdadera vida social se producía en el hall de la finca. Casi siempre en la entrada había vecinas y vecinos esperando eternamente. Los médicos aún no habían prescrito la escalera, la televisión llevaba poco tiempo en los hogares. Era momento, en la espera, que daba mucho más que para hablar del tiempo. Hoy el sustituto es más rápido pero no mejor, mi madre es veterana en hacer respiraciones cuando quedas dentro atrapado. Bastantes veces al año, los técnicos corren para liberar a alguien y arreglar la enésima avería. Esa lentitud, y la espera, en mi absurda imaginación infantil fueron la desesperada coartada para que mi tierna y blanda cabecita pudiese asimilar la sin razón de lo sucedido. Nuestro héroe en la comunidad fue J., el hermano de Pedro, que se precipitó de un quinto piso y salió con vida.

No se había estrenado todavía Supeman, que la veríamos en el barrio de Santa Catalina, el mismo que de pa amb oli pasa a Soho, o eso dicen. Cuando esto ocurrió, y en los años posteriores, no podíamos los chavales parar de visualizar aquello que en la segunda parte urdieron los malos en la persona de Ch. Reeve, como para partirle las piernas al guionista: «Siempre has querido volar…¿eh…Kent?» y todo cuando el representante del bien permanecía bajo los efectos de la kriptonita. La verdad que, de crío, no entendí bajo qué efectos J. se debía encontrar para llegar a precipitarse al vacío desde el quinto. P. Auster no había escrito, por supuesto, Mr. Vértigo, pero la verdad que la tragedia, la angustia y la preocupación iban en aumento. Los días fueron pasando y ese niño vecino y auténtico héroe nuestro de escalera, de comunidad, de calle y de barrio, mitigaría la colectiva angustia cuando se anunció que felizmente se estaba recuperando con éxito.

Ayer reencontré a Pedro después de largos lustros, me alegré mucho. J. sigue caminando por las calles de nuestra ciudad. Hoy, la vida está algo más difícil para casi todos. Recuerdo que el poeta J. Santandreu repetía que para volver a levantarse primero hay que caer. Bueno. Puedes hacerlo solo o acompañado, pero tocarás tierra con los piños si hace falta.

Los que nacimos en Son Espanyolet somos tan chulos que podemos contar cómo uno de los nuestros bajó de muy arriba por la vía rápida y lo pudo contar. No les aconsejo que lo prueben. Cada año estas escenas no tienen ni gota de gracia. Ninguna. A los pequeños no se los puede perder ni un minuto de vista, nos lo recuerda de Clapton su más triste canción. Pero lo de elevarse del suelo da para mucha literatura, demasiada. Cuanto más subes, más grande es la hostia. Por eso, me alegro que nos encontremos de nuevo con los pies tocando tierra y que esta sea la de un paraíso casi perdido aunque sea con el metro cuadrado por las nubes. Suerte. n

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