Opinión | la suerte de besar
Quéjate

Quéjate / Magnific
Quéjate del calor. Saluda a alguien y no le preguntes cómo está. Lo importante es lo mal que tú llevas la temperatura y esta humedad pegajosa. Seguro que nadie sufre como tú. Echa pestes al entrar en el centro comercial. Laméntate del frío inmisericorde y díselo al guarda de seguridad que vigila los accesos. Como si a él le importara tu opinión. Como si no tuviera ya que soportar a mil tipos parecidos a ti.
Protesta porque el autobús va lleno o porque tarda en llegar. Porque el conductor no saluda o porque no te ha abierto las puertas. Porque los pasajeros huelen mal y los jóvenes no levantan la vista del móvil. Porque el transporte público, en su globalidad, es un desastre. Protesta porque sí. Porque solo te sientes bien si sacas la parte negativa de todo.
Quéjate de que la ciudad está sucia, de que los servicios municipales de limpieza son tercermundistas, de que los contenedores apestan y de que las papeleras siempre están desbordadas. Échale la culpa a todos y encuentra una justificación para tu conducta. Para cuando tiras tu colilla al suelo o para cuando incumples el calendario de la recogida selectiva y sacas unas sillas el día que no toca. Tú no eres responsable de nada. Nada está en tus manos. Tú solo eres una víctima más del sistema.
Quéjate del servicio del restaurante: son lentos sirviéndote las bebidas, se han equivocado de plato y no te han traído el café como querías que te lo trajeran. Dile al camarero cómo debería hacer su trabajo. Dale lecciones y, sobre todo, no te pongas en su piel. No creas que errar es de humanos, no imagines sus horarios, lo mucho que le duelen los pies o cómo debe ser lidiar con clientes como tú. Qué va. ¿Cómo vas a ser condescendiente con un trabajador que te ha traído sacarina en vez de azúcar moreno? ¡Tráigame el libro de reclamaciones!
Despotrica contra tu centro de atención primaria y contra los facultativos. Reniega del tiempo que debes esperar para que te den cita, de lo cutre que es la sala de espera y de lo incómodas que son las sillas. Refunfuña por el mal uso que la población hace del servicio público, pero tú sigue yendo a urgencias ante el primer estornudo y critica al médico que no te diagnostica la dolencia que crees tener ni te receta los ansiolíticos que tú sabes que necesitas.
Golpea el volante del coche y toca el claxon si el conductor de delante tarda dos segundos en arrancar. Enfádate con el mundo si, al llegar al supermercado, se han acabado las patatas a granel o si el dependiente no te atiende lo rápido que exiges. Denuncia que todos los medios de comunicación son iguales, que todos los políticos son corruptos, que la buena educación se ha perdido y que el sistema se tambalea. Levántate y acuéstate enfadado y asegúrate de interpretar a la perfección tu papel de agraviado.
Dormito bajo la sombrilla playera y escucho los comentarios del padre de familia. En vez de disfrutar del mar, del día libre, de sus hijos preciosos y de conversar con su pareja, maldice el sudar, la arena y las olas. Algunas personas deberían llevar un libro de instrucciones o, en su defecto, de contraindicaciones.
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