Opinión

Profesor de marketing
Pedro Sánchez y ‘El arte de la guerra’

Pedro Sánchez, el verano pasado en Marivent. / Ana Belén Muñoz
Hay libros que no envejecen. El arte de la guerra, de Sun Tzu, es uno de ellos. Dos mil quinientos años después de su redacción sigue siendo un manual imprescindible para comprender conflictos bélicos, empresariales o políticos.
Una de las enseñanzas más conocidas de Sun Tzu afirma que la mejor victoria es aquella que se consigue sin combatir. Dicho de otra manera: el estratega más brillante no es quien gana todas las batallas, sino quien consigue que las batallas no sean necesarias.
Si observamos la actualidad, resulta difícil no pensar en esta máxima al analizar la figura de Pedro Sánchez. Sus adversarios llevan años anunciando su caída inminente. Cada semana parece surgir una nueva crisis, una nueva polémica o una nueva investigación que debería acabar con su carrera política. Sin embargo, Sánchez sigue ahí. El error de sus rivales es el de analizar la situación como una guerra convencional. Mientras la oposición busca el enfrentamiento directo, Sánchez parece haber entendido que, en política moderna, no siempre gana quien pega más fuerte, sino quien resiste más tiempo.
Sun Tzu también escribió que, cuando el enemigo está enfadado, conviene provocarlo todavía más. Y pocas figuras han demostrado una capacidad semejante para generar indignación permanente entre sus adversarios. Cada declaración, cada movimiento táctico, cada cortina de humo y cada negociación provoca una reacción inmediata. Mientras tanto, él continúa avanzando hacia su objetivo principal.
Pero, ¿cuál es realmente su objetivo principal? Respuesta en tres palabras: seguir siendo presidente. Cuando la conservación del poder se convierte en el objetivo principal, todas las decisiones pasan a evaluarse bajo un único criterio: si ayudan o no a permanecer en La Moncloa.
Desde una perspectiva de marketing político, la estrategia resulta fascinante. El producto ya no es una ideología concreta. Tampoco un programa electoral detallado. El producto es la propia permanencia del líder. El resto pasa a segundo plano. La política contemporánea es como la gestión de una marca. Las marcas sobreviven cuando mantienen una base suficiente de clientes fieles, no cuando consiguen gustar a todo el mundo. Intentarlo es de necios.
En este sentido, resulta inevitable recordar una frase atribuida a Donald Trump. Durante la campaña presidencial estadounidense afirmó que podría disparar a la multitud en la Quinta Avenida y la gente le seguiría votando. La frase era una exageración provocadora, pero describía un fenómeno real: cuando la política se convierte en identidad, los hechos importan menos que la pertenencia al grupo. Muchos votantes de Sánchez seguirían respaldándole incluso en escenarios que hace unos años habrían resultado políticamente letales (por ejemplo, una hipotética imputación del presidente). No necesariamente porque aprueben todas sus decisiones, sino porque consideran que la alternativa es peor.
Y aquí encontramos otra lección de Sun Tzu. La victoria no consiste siempre en ser amado. A veces, basta con conseguir que el adversario resulte más temido. Mientras sus socios de investidura perciban que un cambio de gobierno amenaza sus intereses, el presidente conserva una poderosa red de protección política. No necesita entusiasmar constantemente. Le basta con mantener cohesionados a quienes consideran inaceptable la alternativa.
Esta lógica tiene un coste elevado para la calidad democrática. Cuando la política deja de girar en torno a proyectos y pasa a centrarse exclusivamente en la supervivencia del líder, el debate público se empobrece y las administraciones sufren. Todo se convierte en táctica, al cálculo inmediato, quedando subordinado a la siguiente votación.
Mientras sus adversarios continúan lanzando ofensivas frontales, él sigue aplicando la máxima más famosa del estratega chino.
La mejor batalla es la que no se libra. n
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