Opinión | En aquel tiempo
Más allá de la imagen
Desde un punto de vista comunicativo, León mostró su talla de Pontífice y de Persona en su intervención en el Congreso

Prevost, el papa Leon XIV
Después de los días pasados por el Sucesor de Pedro en España, resulta que esa misma España permanece anclada en una torticera situación social, política y económica exactamente igual a días anteriores a la clamorosa visita. Es cierto que las multitudes enfervorizadas han mostrado/demostrado que muchos españoles/as permanecen afectados por la presencia del habitante del Vaticano, que en este caso es un tal Prevost, de nombre papal nada menos que León. Siendo así que a lo largo de su viaje, y sin excepción alguna, ha transmitido una imagen de serenidad, cercanía y profunda religiosidad, lo que parecería distanciarlo de su nombre papal. Y, sin embargo, sería un inmenso error quedarse con tantas imágenes y dejar de profundizar en las palabras que ha ido emitiendo, sin excepción alguna.
Pequeño, sobrio, casi tímido, hemos notado, sin embargo, una permanente mirada escrutadora de cuánto le rodeaba, incluso cuando los aplausos y las liturgias se sucedían casi exageradamente. Ha sido una mirada penetrante, como de alguien que es plenamente consciente del conjunto de la situación: en una palabra, que este León es un tipo de enorme discreción icónica, que oculta una mirada que profundiza sin cesar en cada momento que iba viviendo entre gritos, vítores y multitudes. Este Papa se resume en su mirada tan sutil como descarada. Se nota que es un pastor muy inteligente.
Desde un punto de vista comunicativo, y más allá de esas imágenes con bebés en sus brazos, León mostró su talla de Pontífice y de Persona en su intervención en el Congreso, ante Diputados y Senadores, que merecería nada menos que esos siete minutos de aplausos de enorme valor práctico pero también significativo. Lo tengo claro: nuestros padres y madres de la patria, con perdón, aplaudieron cuánto habían escuchado… y ellos y ellas no son capaces ni de transmitir y mucho menos de practicar. Un mensaje que puede definirse como «total énfasis en la reconciliación», no encontraría acogida objetiva en quienes le aplaudieron. Para nada. Al día siguiente, estaban dedicados a insultarse y amenazarse como niños en su patio colegial. Seguramente, aplaudieron unas palabras que ellos mismos hubieran deseado pronunciar… pero palabras que les están prohibidas por la obediencia parlamentaria anquilosada desde hace años, tal vez, siglos.
Pero aplaudieron con auténtico fervor, precisamente por haber escuchado a un invitado inesperado que decía lo que ellos y ellas sean autoprohibido pronunciar. Desde el sillón en que asistía a tamaño espectáculo político pero, sobre todo, humanísimo, pensaba que valió la pena que tal León fuera capaz de enfervorizar a quien día tras día dedica sus esfuerzos ingentes a hacer lo contrario de lo escuchado. Y no se trataba de una mentira colectiva, porque lo que demostraban tales aplausos era reconocer que habían escuchado lo que nunca serán capaces de decirse entre sí, por las malditas ideologías que tantísimo daño nos hacen. León las sobrevolaba con una decisión y respeto admirables. Porque no se cortó un pelo. Y dejó su testamento viajero que tanto necesitan los mismos que escuchaban: una reconciliación profunda, capaz de alcanzar ese respeto mutuo que no suele aparecer en la Cámara. Para León, democracia se llama reconciliación.
Y mientras tanto, miraba al conjunto… pero como si individualizara cada palabra. El gran silencio se impuso porque, por una vez, nuestros representantes escuchaban lo que, en conciencia, sabían que era la verdad en estado puro y duro. Una verdad que, imagino, nunca practicarán porque aquí, en esta España nuestra, nadie parece determinado a reconciliarse con nadie. Y es que cada cual tiene la verdad absoluta, mientras menosprecia al adversario que, además, es un enemigo detestable. El invitado hablando de reconciliación y los invitantes decididos a destrozarla cuanto antes. Un espectáculo casi circense. Y, sin embargo, pienso que León pronunció las palabras que debía pronunciar, precisamente para dejar que nuestro su espíritu agresor resultara denunciado en la cámara de las palabras.
Y un detalle que, a lo largo de estos días, no ha dejado de crecer en mi conciencia: es posible decir lo necesario siempre y cuando se diga sin ofender. Por ahí, se desliza esa virtud que llamamos «reconciliación». Vaya que sí. De tal manera que, más allá de la imagen, el Sucesor de Pedro recuperaba públicamente las palabras del Maestro Jesucristo: «Dichosos los que practican la paz y la misericordia». El camino está trazado. Buen viaje y muchas gracias, discreto León. Estaría bien que las meditáramos sin aprioris. Muy bien.
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