Opinión
La herejía del diálogo

El Papa León XIV preside la celebración de la Santa Misa multitudinaria, a 12 de junio de 2026, en Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias. / EP
El Papa llegó y se fue dejando «un recuerdo imborrable». Es decir, éxtasis para unos y extenuación para otros. De la visita, cada uno ha intentado extraer lo que ha podido. Hasta algunos independentistas quisieron llevar la reivindicación soberanista a la Sagrada Familia. Ante una ceremonia milimetrada, la acción estaba abocada al fracaso. Solo la ingenuidad o la posibilidad de recrear el discurso victimista pudieron inspirarla. En cualquier caso, si alguien tenía la pretensión de someter a León XIV a una lógica partidista, ha quedado demostrado que la Iglesia solo se casa consigo misma. Desde una mirada progresista, es imposible comulgar con una institución que aún relega a la mujer a un insultante plano secundario. Y su postura sobre el aborto y la eutanasia no solo es contraria a la izquierda, también se aleja de la mayoría social. Eso por no hablar del encubrimiento de la pederastia. Pero todo ello no impide que parte del discurso papal haya sido recibido como agua bendita por aquella ciudadanía que contempla horrorizada el avance de las tesis de odio.
El peso del Papa en el imaginario colectivo es colosal, incluso para los no creyentes. Desde ese reconocimiento fue acogido y escuchado con respeto por la mayoría del Congreso. Un acto casi revolucionario en estos días de polarización, en los que la escucha y el diálogo entre diferentes se han convertido en sinónimos de traición, cobardía y debilidad. Blanco o negro. Compatible o incompatible. Y, para que exista compatibilidad, el ajuste de los componentes debe ser perfecto. Solo desde el simplismo y la ceguera sectaria se puede despreciar el diálogo. Y eso es lo que hace la ultraderecha. Solo admite el pacto desde la sumisión a su discurso. Basta con pasearse por Europa, también por España, para constatar la subordinación de los partidos conservadores a las prioridades nacionales.
Los recientes disturbios en Belfast se saldaron con el incendio de casas y vehículos. Decenas de familias de migrantes tuvieron que ser rescatadas y 27 personas han perdido su hogar. El intento de asesinato de un hombre por parte de un refugiado sudanés fue utilizado por los partidos ultras para agitar el odio antiinmigración. El algoritmo de las redes difundió la agresión hasta la saciedad, también las llamadas a la acción. Elon Musk exhortó a la lucha y ahondó en su campaña de desprestigio del gobierno británico.
Los disturbios de Torre Pacheco del pasado verano o los de esta primavera en Belfast responden a un mismo patrón. El acto de un individuo convertido en la condena de todo un colectivo. Que la convivencia y la democracia están amenazadas ya no es una elucubración. Los valores básicos del humanismo están en cuestión, esos que forman parte de nuestras luchas y nuestros logros colectivos. Solo creando movimientos y encuentros transversales podremos defenderlos. Solazarnos en las diferencias y vanagloriarnos de la pureza solo nos llevará a perder lo conseguido en décadas. De eso, la izquierda puede dar varias lecciones históricas.
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