Opinión | Las cuentas de la vida
El Papa llama al reencuentro

El Papa llama al reencuentro / DM
La visita del Papa León XIV a España ha alcanzado la envergadura de una auténtica visita de Estado, con un impacto similar al que obtuvo Juan Pablo II en su primer viaje a nuestro país. El número de los asistentes, tanto en Madrid como en Barcelona y Canarias, nos hablan de un retorno al catolicismo que no parece encajar exactamente con la escasa asistencia dominical a misa o con el descenso de bautizos y bodas religiosas. Como siempre, el sentido de la historia es huidizo y se nos escapa por el rincón más inesperado. Por ejemplo, ¿quién hubiera pensado hace una o dos décadas que el mundo del pop y del cine se acercarían al catolicismo, aunque fuese sólo por curiosidad o por el atractivo estético de la liturgia? ¿O que el interés por la espiritualidad volvería al debate público? ¿Se debe quizás al cansancio causado por un siglo de laicismo? Es posible, si bien no sé hasta qué punto. En realidad, el mundo está cambiando ante nuestros ojos.
León XIV pronunció ante el Congreso de los Diputados un discurso a la vez muy antiguo y muy nuevo. Apeló al derecho natural y a la Escuela de Salamanca, al mismo tiempo que defendía la dignidad humana como sello y garantía de la democracia. El liberalismo, que ha sido el gran constructor ideológico del parlamentarismo constitucional desde el final de la II Guerra Mundial –al menos en Occidente–, se ha encontrado de repente vacío de valores sólidos, aquejado tal vez por el virus del individualismo extremo y de la pura autonomía personal. Pensadores como Patrick J. Deneen se han preguntado si el fracaso actual del liberalismo frente a los populismos identitarios no se debe precisamente a su éxito, es decir, al hecho de haberse convertido en un individualismo radical incapaz de defender unos valores fuertes. Para Tocqueville es justamente la cultura –una cultura determinada, se entiende– lo que sostiene la democracia, mucho más que las instituciones e incluso las leyes.
Al defender la dignidad humana y el respeto integral a la vida, el Papa vinculaba el mensaje cristiano con el fundamento mismo de la política: la vida pública en su sentido más alto. A veces redescubrir lo antiguo puede ser lo más nuevo o, al menos, lo más necesario.
León XIV defendió valores como el respeto al inmigrante o la urgencia de tender puentes y de no ceder al engaño de las ideologías cerradas y excluyentes. Se trata de valores obvios pero que nos hablan de una humanidad más plena, no meramente legalista ni confrontacional. No es, desde luego, el lenguaje al que nos ha acostumbrado el poder en estos últimos años, siempre dispuesto a señalar y acusar, a dividir y quebrantar.
¿Calará el mensaje que ha lanzado el Papa? Cuesta creerlo a corto plazo. Tras volar de regreso a Roma, han vuelto los conflictos habituales de nuestro día a día. Sube la temperatura del caso Zapatero, amenazando con resquebrajar definitivamente el precario gobierno de Pedro Sánchez. Ningún político ha terminado bien en España y no parece que esta vez vaya a ser distinto. La pregunta es: ¿y después qué? ¿Hacia dónde nos llevará la historia? El éxito de la visita papal quizás pueda motivar un relativo optimismo. Es posible que la sociedad reclame más cordura, reencuentro, pacificación civil y sosiego. Sencillamente, una democracia más madura.
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