Opinión | Tribuna
La Europa imposible

El presidente de EEUU, Donald Trump. / EFE
Pontificamos que Europa debería unirse aprovechando el «momento americano»: ese en el que te dicen que necesitan espacio, que ya no te quieren y que se llevan el pijama y el cepillo de dientes. No porque haya otro, sino porque no te aguantan, que es peor, porque no tiene solución. Pero el escenario no acompaña porque la composición del Parlamento Europeo es una jaula de grillos. La suma de socialdemócratas, izquierdas y verdes asciende a 235 diputados; los populares y liberales a 265 y la ensalada de extrema derecha a 187. Como una reunión de comunidad que acaba con uno que te apunta con el dedo mientras el resto se va cabreado. Lo positivo es que en el ámbito comunitario la casuística carece de la efervescencia de los gobiernos nacionales, por cuanto en Bruselas tienen una mínima conciencia común intrabloques que hace imposible que antieuropeístas (la mitad de la extrema derecha) y europeístas (populares, ultras escépticos y liberales) pacten nada trascendente. Y no es poca cosa.
Las encuestas electorales de los próximos comicios no mejoran las posibilidades de acuerdos comunitarios. En 2027 se celebrarán elecciones en España, Francia e Italia, y en el 2029 en Alemania. Y no da para fiestas de pijamas: holgada mayoría absoluta de la derecha y extrema derecha en España; en Francia, el bloque de la extrema derecha ronda el 50% de los escaños frente al 24 y el 26% de la izquierda y la derecha, respectivamente; y en Italia una sopa de partidos con los ultras en el 38% de los votos, un 8% para la derecha y un 29% para una suma imposible de izquierdas y verdes. Los restos son folclóricos. Porque Italia es un gran país, pero caótico políticamente hablando, por cuanto ha tenido 12 gobiernos con nueve primeros ministros en 20 años. Ingobernable, o gobernable a la italiana.
En 2029, Alemania tampoco augura consensos: 29% para los neonazis, 21% para la CDU (derecha) y un 37% para verdes en coalición con socialdemócratas y resto de la izquierda. Para parar a los primeros se requerirían acuerdos, que hoy parecen complicados, entre cuatro partidos muy polarizados.
Es plausible que haya acuerdos entre derecha y extrema derecha en algunos países y en el resto se impondrán los ultras por la imposibilidad de que la derecha pacte nada con la izquierda. En esta tesitura se invoca la «grandeza de espíritu» y «promover acuerdos atlánticos» para protegernos de los rusos y de los americanos. De los primeros militarmente, de los segundos geográfica y económicamente. Pero alemanes y franceses ya han abortado el proyecto del caza europeo por lo que nuestra defensa común podría depender de una paradoja: que los ucranianos nos enseñen lo que han aprendido en cuatro años de guerra, en especial su puntera tecnología de drones. De otra parte, la mitad del tercio que representan los partidos de extrema derecha en el Parlamento Europeo son prorrusos. Éramos pocos y parió la abuela.
Pretendemos hacer frente a las tecnológicas americanas, la asignatura pendiente del continente, pero es una quimera por cuanto la inversión en innovación europea es exigua en comparación con la americana y china, por no hablar del imposible consenso de un proyecto tecnológico común. Y por último, está la inmigración, materia en la que de confirmarse las encuestas sí habrá acuerdo y el Papa tendrá que repetirnos el humanista discurso de Canarias. Por lo que cabe concluir una mala conclusión: aumentará el nacionalismo y el proteccionismo; perderemos mano de obra poco cualificada en detrimento de la agricultura y el sector servicios, porque el racismo es una prioridad y si el modelo económico a seguir es el de Trump, estamos jodidos. Pero siempre nos quedará el consuelo de poner en bucle la maravillosa representación que hicieron los catalanes en la Sagrada Familia, que es lo más bonito que he visto en 50 años y te reconcilia con la humanidad. Y luego está el Mundial.
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