Opinión | Mundial
Han secuestrado el fútbol
Está pasando de ser el deporte de masas popular por antonomasia a un espectáculo para multimillonarios, en el que solo unos pocos acceden al lujo de ver en directo lo que el resto del planeta se conforma con ver a través de su televisor

Claudia Sheinbaum, presidenta de México. / Europa Press/Contacto/Luis Barron
No se recuerda un fiasco semejante en la inauguración de un Mundial, a la que no acudieron ninguno de los tres presidentes de los tres países organizadores. La única que ha explicado bien el motivo de su ausencia ha sido la presidenta de México, que argumentó con buen criterio que no podía acudir gratuitamente a un partido de fútbol en el que la entrada más barata superaba los 500 dólares y la más cara los 3.000 dólares. Sheinbaum prefirió ver el partido de su selección por la televisión, junto a otros aficionados, y denunciar así los precios salvajes con los que la FIFA ha decidido castigar a las aficiones de medio mundo. No sabemos si veremos grandes partidos, lo que ya es un hecho es que este Mundial servirá para certificar la metamorfosis del fútbol, que está pasando de ser el deporte de masas popular por antonomasia a un espectáculo para multimillonarios, en el que solo unos pocos acceden al lujo de ver en directo lo que el resto del planeta se conforma con ver a través de su televisor. Pero esperen, que esto no es todo. Este artefacto codicioso y saqueador en el que se ha convertido el máximo organismo del fútbol mundial es también, y sobre todo, una maquinaria de opresión política, como demuestra la censura grotesca de la camiseta de Haití. El país antillano ha tenido que cambiar su vestimenta, un homenaje a la revuelta de los esclavos, porque según la FIFA era una apología de la violencia. Haití debe ser censurado por recordar lo que les costó liberar a los negros de la violencia colonial, pero Estados Unidos puede organizar un Mundial mientras bombardea otros países. Es decir, el problema no es la violencia, sino solamente quién la ejerce. Las continuas humillaciones de Infantino ante Trump debían servir al menos para garantizar, como es preceptivo, la libre circulación de los jugadores y de los organizadores, pero los futbolistas de Irán tendrán que hacer equilibrios dantescos para poder salvar la frontera y el árbitro somalí Omar Artan ha sido deportado cruelmente, sin que nadie en la FIFA lo haya ni siquiera condenado. En definitiva, este es el nuevo fútbol que quieren imponernos: entradas para supermillonarios, ideologías para supermillonarios y fronteras para supermillonarios. Puede que Infantino no sea nada más que un pobre imbécil corrupto al servicio de los mismos sátrapas que dominan el mundo, y es posible que el fútbol no sea nada más que un simple espejo de lo que ocurre en los otros ámbitos de la vida. Pero haríamos bien en ser conscientes, al menos, de lo que está sucediendo y no dejarnos tomar el pelo. No es casualidad que el atraco a mano armada al deporte que más feliz hace a la gente se produzca justamente en la competición que más converge con la geopolítica. Ya se sabe que los robos se hacen mejor cuando se tapan con banderas nacionales. Infantino y un amplio club de presidentes corruptos han secuestrado el deporte rey y se lo han entregado a los más poderosos. Liberarlo de las garras de esta gentuza es una urgencia planetaria. La alternativa son estadios vacíos y un fútbol sin alma.
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