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Opinión | ENTREBANCS

¿Extranjero o inmigrante?

¿Extranjero o inmigrante?

¿Extranjero o inmigrante? / Ferran Nadeu

Un extranjero es aquel que, no habiendo nacido aquí ni tener la nacionalidad española, habita entre nosotros de una manera estable o temporal sin considerar los motivos por los que ha tomado tal decisión. Desde tal perspectiva todo inmigrante es extranjero. Pero la realidad es tozuda, y no siempre coincide con las definiciones. Una cosa es ser considerado extranjero, y otra muy distinta inmigrante.

Consideramos inmigrante a la persona que ha dejado su país de manera transitoria, y que reside entre nosotros mientras tenga trabajo. Cuando no lo tenga, independientemente de si en el entretiempo se ha producido la agrupación familiar, damos por supuesto que su camino natural es ahuecar el ala. En cambio consideramos extranjeros a los que, contando con recursos, hacen uso del derecho al libre movimiento de personas y nos eligen como lugar de residencia y/o trabajo o como destino vacacional. Naturalmente a los extranjeros no les exigimos ninguna homologación cultural. Su diversidad es riqueza.

Profundizando un poco más, es falsa la distinción que hacen algunos entre los oriundos de la Unión Europea que serían los extranjeros, y los extracomunitarios que serían los inmigrantes. A una persona procedente de USA o Canadá, en principio, no la consideramos inmigrante. Tampoco lo es un negro subsahariano, ni un musulmán, si tienen recursos y más si se visualizan con un yate amarrado en el Club de Mar. A tales personas naturalmente no las percibimos como un peligro, antes al contrario, les aceptamos todas sus «rarezas» culturales. Si podemos les endosamos una casona o una finca rústica con posibilidades urbanísticas.

La consideración de «inmigrante» no es tanto su piel, raza religión o cultura, sino su estatus socioeconómico. Lo que nos preocupa es la presencia de inmigrantes, no tanto la de extranjeros. El número de inmigrantes es excesivo, mientras para algunos es deseable el aumento de extranjeros. Según una campaña institucional «todos somos turistas».

Hasta aquí, con matices, una simple descripción de unas realidades. Pero tal percepción tiene consecuencias. Tendemos a relacionar los inmigrantes con la delincuencia. Sin duda hay quienes la ejercen, como ocurre con otros colectivos. Las tramas mafiosas pueden tener «mano de obra» inmigrante, pero los capos suelen ser transnacionales incluyendo europeos, españoles y autóctonos. Nos da pánico la presencia de personas de otras culturas, especialmente los pertenecientes a la religión islámica, porque dícese que pueden poner en riesgo nuestra identidad. Se llega a situaciones tan surrealistas como considerar una agresión cultural que en los colegios se ofrezca un menú alternativo, sin cerdo, para niños musulmanes. Mientras, consideramos normal que se haga con niños diabéticos, y olvidamos cuando los viernes no se consumía carne debido al precepto católico. No quiero soslayar el problema de la integración «cultural», aunque no sepamos muy bien en qué consiste. Lo cierto es que no se producirá, si al mismo tiempo no les posibilitamos su participación como ciudadanos con nuestros mismos derechos y deberes.

Para concluir, ¿por qué no consideramos también una agresión a nuestra identidad el que determinadas colonias extranjeras, a pesar de llevar largos años residiendo entre nosotros, no entiendan ni una palabra de nuestro idioma y sigan cultivando jardines tropicales? Podríamos continuar. Simplemente, lo único que pretendo con estas líneas es que superemos el miedo a las nuevas realidades sociales como la inmigración. Aprovechemos las oportunidades que nos ofrecen, y no nos obsesionemos con la posible amenaza que representan.

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