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Opinión

Palma

La mudanza de la vieja cárcel de Palma a ninguna parte

Jonatan, uno de los desalojados de la antigua cárcel de Palma

Jonatan, uno de los desalojados de la antigua cárcel de Palma / Guillem Bosch

El desalojo de la vieja cárcel de Palma se ha parecido más al asedio de una fortaleza a la vieja usanza, con la rendición de los últimos cincuenta insurrectos en el episodio final, que a la acción social con un plan de realojo detallado que hubiera debido ser desde el principio. "La antigua cárcel de Palma ya está vacía", celebró un concejal en sus redes sociales el pasado miércoles, como si diera el último parte de guerra y se dispusiera a izar la bandera del Ayuntamiento en lo alto de alguna de las antiguas torres de vigilancia para celebrar la capitulación.

El alcalde, Jaime Martínez, heredó el problema de la vieja cárcel, clausurada en 1999, de los dos últimos gobiernos municipales del Pacto, que se enredaron en dos proyectos para convertir el viejo presidio en un centro de arte y una residencia de estudiantes y no hicieron realidad ninguno de los dos, dejando el edificio con una nueva puerta en su muro posterior que era una invitación a la ocupación inmediata en la Palma de la crisis habitacional, como finalmente sucedió.

Y tomó la decisión del desalojo municipal con argumentos sólidos: la falta de seguridad del inmueble municipal, sus condiciones absolutamente insalubres y el riesgo de incendio en unas dependencias llenas de basura acumulada, habida cuenta de los conatos que ya se habían producido. También por la seguridad del vecindario y del colegio cercano, que ya se habían manifestado pidiendo ayuda al consistorio.

Pero a la acción municipal le ha faltado sensibilidad con los desalojados, excluidos y víctimas de la grave emergencia habitacional que sufre la ciudad, donde la escalada de los precios de la vivienda aboca cada año a más ciudadanos a la calle. Ha faltado un plan que fuera más allá del desalojo y de la obligada mudanza a ninguna parte; un plan que ayudara a los ciudadanos vulnerables. Se lo recordó al consistorio Médicos del Mundo: "La medida, tal y como se ha planteado, agravará significativamente la situación de sinhogarismo en la ciudad si no se garantizan previamente alternativas habitacionales adecuadas". También ofreció ayuda el obispo de Mallorca de forma reiterada. Y en más de una ocasión se le respondió con cajas destempladas: "Si dispone de alojamiento, que lo habilite mañana mismo". Y Més per Palma acusó a Cort de no resolver el problema, sino de trasladarlo a otra parte de la ciudad. "Ojalá pusiera el mismo interés en proteger a los más vulnerables que el que dedica, día tras día, a maquillar Palma para el turismo", remató su portavoz.

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