Opinión | Tribuna
«Lenguas de signos, por mil razones»

«Lenguas de signos, por mil razones»
Cada 14 de junio celebramos el Día Nacional de las Lenguas de Signos Españolas, una fecha que reconoce la lengua de signos española (LSE) y la lengua de signos catalana (LSC).
Para muchas personas sordas, esta jornada es mucho más que una conmemoración. Es una celebración de la lengua, de la cultura y de la identidad. Por eso me gusta definir el 14 de junio como el Sant Jordi de las lenguas de signos. Si Sant Jordi reivindica el valor de los libros y de la lengua que explican quiénes somos, este día reivindica unas lenguas que también transmiten conocimiento, construyen cultura y proclaman identidad.
Este año, la Confederación Estatal de Personas Sordas ha elegido el lema «Lenguas de signos, por mil razones». Y ciertamente existen mil motivos para defenderlas. Pero probablemente todos puedan resumirse en una idea central: las lenguas de signos son una cuestión de derechos, cultura, identidad y justicia social.
El debate lingüístico quedó resuelto hace décadas. La lingüística, la neurociencia y las ciencias de la educación han demostrado que las lenguas de signos son lenguas plenas, con gramática propia, capacidad de abstracción, creatividad y todos los rasgos de cualquier lengua humana.
Por eso el problema ya no es lingüístico. Es social y político. Los prejuicios siguen pesando más que el conocimiento científico y el reconocimiento legal de una lengua no garantiza por sí solo los derechos de quienes la utilizan. Hacen falta recursos, educación, accesibilidad y participación.
Hablamos de lenguas minoritarias, pero sobre todo de lenguas minorizadas. No por sus características lingüísticas, sino porque están vinculadas a una discapacidad. Esa mirada tiene incluso un nombre: audismo. El audismo sitúa la experiencia oyente como norma y considera inferiores o menos válidas las formas de comunicación, cultura e identidad de las personas sordas. A veces aparece de forma evidente; otras, cuando se cuestiona la necesidad de las lenguas de signos o se toman decisiones sin contar con las propias personas sordas.
Para entenderlo mejor, imaginemos esta distopía: un mundo donde solo existiera la lengua de signos y las personas con discapacidad visual fueran obligadas a utilizarla, sin poder acceder a la lengua oral. Nos parecería una barbaridad, ¿verdad? Pues esa es la realidad que históricamente han vivido y continúan viviendo muchas personas sordas a las que se les impide acceder a una lengua de signos.
Una de sus consecuencias más graves es la privación lingüística. La mayoría de los niños y niñas sordos nacen en familias oyentes y muchos pasan años sin acceso completo a una lengua plenamente accesible. El problema no es la sordera, sino la falta de acceso a una lengua.
La investigación ha demostrado que cuando los niños sordos acceden tempranamente a una lengua de signos, su desarrollo lingüístico, cognitivo y académico es comparable al de cualquier otro niño. Defender las lenguas de signos es defender el derecho de la infancia sorda a desarrollarse plenamente.
Y si hay una lengua, hay una cultura. Las lenguas de signos son espacios de identidad, memoria y creación colectiva. Existe una Cultura Sorda diversa, con poesía, teatro, humor, creación audiovisual, investigación y patrimonio propio.
Sin embargo, incorporamos la estética de las lenguas de signos sin asumir las reivindicaciones de la Comunidad Sorda. La accesibilidad cultural es casi inexistente y no se contrata a profesionales sordos. Valorar una cultura implica respetar a quienes la crean y garantizar su protagonismo. Lo contrario es apropiación cultural.
Por eso el Día Nacional de las Lenguas de Signos Catalana y Española es mucho más que una conmemoración. Celebramos la lengua, la cultura y los derechos de las personas sordas. Las celebramos, como recuerda el lema de este año, por mil razones.
¡Vivan las lenguas de signos!
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