Opinión
Sigue el olfatode tu memoria

Tramuntanada, Colònia de Sant Pere. / Víctor Moragues
La tendencia de este mes es flojear. La puesta de sol difumina en lila el contorno de la Serra como si fuese un único y homogéneo bloque de piedra. Los últimos rayos de sol todavía besan las cimas por la cara norte desde el mar y en la sur, desde el llano y la ciudad, se divisa un espectáculo de caliza púrpura único en el mundo. Pero podríamos llenar hojas que nunca llegaríamos a superar los versos del señor B. Rosselló-Pòrcel en su A Mallorca durant la guerra civil. Nunca.
El mismo mes en el que el Mediterráneo se suelen producir las más bajas mareas en nuestras orillas, si usted observa, parece que alguien haya tirado del tapón que es cuando se dibujan al sol los verdes contornos casi siempre sumergidos. La insolación nos brinda su perfume a frutos de mar, el aire caldeado por el sol reverbera todo lo que las algas al descubierto, o en la orilla lamida por el mar, nos quieren ofrecer. Al mediodía, la brisa del embat se vuelve una auténtica delicia si paras unos minutos debajo de uno de los tamarells (tamarindos) que quedan en nuestra bahía del sur, la de Palma. El sol ya calienta sin broma las aguas que antaño, incluso en esta época, veían acercarse (a los fondos poco profundos) a la langosta, eran otros tiempos y ese manjar se consideraba de pobres por su abundancia.
En la fisonomía de nuestra costa más clásica y salvaje aún se pueden encontrar vestigios, las antiguas
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son un ejemplo. Esta de la foto se hizo muy popular en los sesentas de sa Colònia de Sant Pere, en la bahía del norte, pues en ella una ninfa extranjera se bañaba sin ropa en su interior para regocijo de los lugareños que no disponían de muchos alicientes como ese. Sí, suena cañí y todo al mismo tiempo que, a obra de pauma, el llatre desaparecía paulatinamente al ritmo que las familias iban adquiriendo televisor en sus casas y las vecinas ya no alargaban sus tertulias mientras producían artesanía con sus castigadas manos. Pero el gran espectáculo lo trajo la defunción de una ballena en la misma orilla. No hay colonier vivo que se precie que no se acuerde de ese acontecimiento.
De norte a sur y de este a oeste, el junio de antes y el junio presente no cambian para nada que en este mes el sol ponga casi a hervir a miles de minúsculos organismos en el mar. La vida en sus profundidades asoma a través de intensos aromas que esparce la brisa. Todo esto nos dejó en su día unos recuerdos de infancia tan vulgares y comunes como intransferibles. Este mar en calma no se asemeja al embravecido gesto del Poseidón más traidor de hace solo unos meses. El mismo mar y su tempestad que nos invitó a recogernos en casa ahora casi nos obliga a pasear por su riba, llenar de sal nuestros pulmones y caminar quilómetros observando su quietud o sus variaciones. Viene asomando por el este la luna, un autillo incipiente marca el compás, se eleva. Es el principio de una noche y el ocaso de esta nota.
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