Opinión | tribuna
Neurociencia en Gaza

Un vehículo destrozado junto a una montaña de escombros, en la Ciudad de Gaza. / SALAH HASHEM / ZUMA / EUROPA PRESS
Hay una paradoja histórica que debería helarnos el alma y que, sin embargo, el mundo contempla con una mezcla de parálisis moral y rutina informativa: el pueblo que sobrevivió al intento más sistemático y brutal de exterminio de la historia moderna es hoy el autor de una campaña de destrucción masiva contra una población civil atrapada sin salida. No se trata de una analogía fácil. Se trata de una pregunta que la historia (y la neurociencia) nos obligan a formular: ¿cómo se transforma la memoria del sufrimiento en licencia para infligirlo?
La respuesta está, en parte, en la biología del miedo. La amígdala, estructura cerebral que procesa las amenazas, no distingue entre peligros reales e imaginados. Cuando un grupo humano ha sido traumatizado, sus circuitos neuronales quedan literalmente recableados. Las sinapsis que conectan los recuerdos del terror con las respuestas de ataque y huida se refuerzan. En la comunidad cientifica llamamos a esto «potenciación a largo plazo», el mismo mecanismo que nos permite aprender, pero usado ahora para consolidar el pánico como identidad.
El Holocausto mató a seis millones de judíos. Fue perpetrado por el estado nazi con una burocracia del horror: listas, trenes, campos, hornos. El mundo prometió «nunca más». Ese «nunca más» fue el fundamento ético sobre el que se construyó el derecho internacional humanitario moderno, los tribunales de crímenes de guerra, la Convención sobre el Genocidio. Israel nació, en parte, de esa promesa.
Aun así, en los últimos años, los propios funcionarios del gobierno israelí han utilizado un lenguaje que los historiadores del Tercer Reich reconocerían sin dificultad: «animales humanos», «exterminar», «arrasar». Ese lenguaje no es accidental: es neurológicamente funcional. Estudios de la Universidad de Princeton con técnicas de neuroimagen funcional (fMRI) demuestran que cuando los seres humanos perciben a otros como pertenecientes a un grupo despreciado o deshumanizado, la corteza prefrontal medial, región implicada en la cognición social y la empatía, reduce significativamente su activación. En otras palabras: el cerebro literalmente deja de procesar al otro como persona. Las neuronas espejo, que nos permiten sentir lo que siente el prójimo, se apagan. El exterminio comienza en las sinapsis.
El sionismo político, en su versión dominante actual (la de Netanyahu, la de Ben Gvir) ha llevado esta lógica hasta sus consecuencias más extremas. No se trata ya de seguridad. Se trata de un proyecto de limpieza étnica que lleva décadas ejecutándose con una paciencia metódica: confiscación de tierras, demolición de hogares, y asentamientos ilegales. Gaza llevaba décadas siendo un campo de concentración a cielo abierto, con el flujo de calorías calculado por el propio ejército israelí para mantener a la población al borde del colapso sin llegar a él.
La neurociencia nos permite explicar también por qué personas normales cometen actos atroces dentro de estructuras de autoridad. El sistema dopaminérgico (el circuito cerebral de la recompensa) se activa cuando pertenecemos a un grupo y seguimos sus normas. La conformidad social libera dopamina del mismo modo que lo hacen la comida o el sexo. Desobedecer una orden genera, en cambio, activación de la corteza insular anterior, asociada al asco y al dolor social. El cerebro, literalmente, recompensa la obediencia y castiga la disidencia.
Teniendo en cuenta las bases neurocientíficas explicadas hasta ahora, y teniendo en cuenta lo que sabemos sobre la historia, tomémonos en serio la lección del Holocausto: la deshumanización es el primer paso, que la propaganda que convierte al otro en una amenaza existencial es el primer paso, que el silencio cómplice de las naciones es el primer paso. La historia no perdona esos silencios. El «nunca más» no puede tener asterisco. No puede significar «nunca más, excepto si lo hace quien lo sufrió». No puede ser un privilegio étnico o nacional. Tiene que ser una norma universal o no es nada. Y en el momento en que una sociedad decide que el sufrimiento propio justifica el sufrimiento ajeno, en el momento en que los herederos de las víctimas deciden convertirse en perseguidores, la promesa que hicimos sobre las cenizas de Auschwitz queda reducida a polvo. Hoy, ese polvo es Gaza.
Suscríbete para seguir leyendo
- Rafa Nadal justifica la venta del 44,9% de su academia en Manacor a un fondo inversor: 'Necesitábamos un socio para seguir creciendo
- Hallan el cadáver de una anciana de 78 años que llevaba un mes muerta en su casa en Palma
- Los ‘caragolins’ se multiplican en el campo y suponen una amenaza para los cultivos jóvenes
- Una defensa en el aire
- 41 grados y calima: Mallorca se prepara para los peores días de la ola de calor
- Cinco jefes de servicio e investigadores de Son Espases, Son Llàtzer e Inca dirigirán las titulaciones del nuevo campus del CEU en Mallorca
- Los alquileres de menos de 1.000 euros al mes prácticamente han desaparecido de Mallorca
- La UIB condena los comentarios del diputado Jorge Campos (Vox) contra la estudiante musulmana que leyó un discurso durante la graduación
