Opinión | Tribuna
La democracia pendiente en Balears
Hay europeos que llevan décadas aquí y forman parte de nuestra sociedad, aunque nadie les pregunte qué islas desean

«¡Alemanes, alemanes por todas partes!» se lee en la pared de una casa en el centro de Palma. / Ismael Velázquez
Llegué a Alemania en septiembre de 1984. Lo primero que descubrí fue que en Alemania uno no «vive» simplemente en una ciudad: se registra. Me inscribí en el Ayuntamiento, pasé por la Ausländerbehörde —la oficina de extranjeros— y me registré como residente en el Consulado de España en Düsseldorf. A partir de ese momento, recuperé formalmente mi derecho al voto en España desde el extranjero.
Mi llegada coincidió con un momento histórico. España estaba a punto de entrar en la Comunidad Económica Europea. En 1985 tuve ocasión de asistir en Bonn —entonces capital de la República Federal— a una recepción organizada por la Embajada de España con motivo de la onomástica del Rey, el 24 de junio. España acababa de firmar su entrada en Europa y se respiraba ilusión y apertura. Para mi generación, Europa no era una abstracción burocrática, sino una experiencia personal y política.
Poco después, comenzaron a llegarme cartas del Ayuntamiento alemán informándome de mi derecho a votar en las elecciones locales y europeas. Tardé un tiempo en entender algo importante: podía votar en las elecciones europeas desde Alemania o desde España, pero no en ambos países a la vez. Desde entonces he preferido ejercer mi voto europeo desde el país en el que vivo.
Con los años me instalé en Múnich. Allí sigo recibiendo convocatorias para participar en la elección del Migrationsbeirat, el consejo de migración de la ciudad. Nunca he participado, pero me parece razonable que exista una representación consultiva de los extranjeros. No gobierna la ciudad, pero escucha, propone y canaliza inquietudes. Es una forma civilizada de reconocer que quien vive en una ciudad también forma parte de ella.
Y entonces me pregunto: ¿qué ocurre en Balears?
Las Islas Balears son hoy una de las regiones más internacionales de España. Más de una quinta parte de sus habitantes tiene nacionalidad extranjera. En muchas zonas de Mallorca o Ibiza la presencia europea forma parte de la vida cotidiana: alemanes, italianos, franceses, neerlandeses o suecos viven, trabajan, pagan impuestos y participan de los mismos problemas que el resto de la población.
Sin embargo, políticamente siguen siendo casi invisibles.
Los ciudadanos de la Unión Europea residentes en España pueden votar en las elecciones municipales y europeas, pero no en las autonómicas ni generales. Un alemán o un francés empadronado en Balears puede votar al alcalde de su municipio y al Parlamento Europeo, pero no al Govern balear, aunque muchas decisiones que afectan a su vida cotidiana —vivienda, movilidad, turismo o sanidad— dependan precisamente de la comunidad autónoma.
La cuestión no es si los residentes europeos deben mandar en Balears. La pregunta es más sencilla: ¿Existen políticamente? ¿Los partidos los buscan? ¿Les hablan? ¿Les explican sus programas? ¿Saben realmente qué piensan o qué les preocupa?
Sospecho que no demasiado. Quizá algunos prefieran que siga siendo así. En alemán existe una expresión muy gráfica: «no despertar a los perros dormidos». Tal vez el voto europeo residente sea uno de esos perros dormidos de la política balear.
Y, sin embargo, despertarlo podría ser positivo.
Balears vive tensiones crecientes relacionadas con la vivienda, el turismo y la convivencia. A veces, se habla del extranjero como si fuese un bloque uniforme: el turista, el alemán, el rico, el invasor. Pero la realidad es más compleja. Hay europeos que llevan décadas en la isla, que trabajan, tienen hijos y nietos mallorquines y forman parte de la sociedad, aunque muchas veces nadie les pregunte qué Balears desean.
Precisamente por eso, hace falta más política y menos caricatura. Múnich ofrece una pista interesante. Su consejo de migración reconoce que una ciudad moderna no puede tratar a una parte importante de su población como simple usuaria de servicios públicos. Palma podría plantearse algún órgano parecido: un consejo consultivo de residentes internacionales que ayudara a canalizar propuestas y evitar tensiones innecesarias.
Este año celebramos cuarenta años de pertenencia de España al proyecto europeo. Europa no se toma en serio solo en Bruselas. También se toma en serio en el padrón municipal, en una carta electoral y en la voluntad de integrar políticamente a quienes viven entre nosotros.
La democracia pendiente en Balears no consiste en dar privilegios a los residentes europeos. Consiste en transformar una presencia pasiva en una participación responsable. Quizá el perro dormido no sea tan peligroso. Quizá, si despierta, ayude a cuidar mejor la casa común.
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