Opinión | Escrito sin red
Papanatismo

Madrid. 06.06.2026. Llegada del Papa León XIV al aeropuerto de Barajas / José Luis Roca / PIM
De todos los Papas que he conocido, los que más me han impresionado, por diferentes motivos han sido: Juan Pablo II, por su condición de titán, plantando cara al sistema comunista en Polonia, su patria natal y por el despliegue de su incansable labor pastoral en todo el mundo; si acaso le reprocho el espeluznante espectáculo de su agonía. Benedicto XVI, por la altura intelectual con la que abordó las grandes corrientes intelectuales surgidas del pensamiento crítico de la posguerra, como la impulsada por la Escuela de Frankfurt, Habermas y la revisión del materialismo histórico; por su interpelación a Dios en Auschwitz: ¿Por qué señor, permaneciste callado? Respecto a León XIV, es pronto para emitir un juicio ponderado sobre su pontificado, pero me cae bien Robert Prevost, es joven (sic), simpático, y no teme afrontar las grandes cuestiones morales de nuestro tiempo.
Con su venida a España hemos podido contrastar en unos pocos días la imagen de un líder espiritual sólido como Prevost con la de un líder político como Sánchez acorralado por la corrupción de su entorno familiar, gubernamental y partidario. Era demasiado duro contemplar a P punto S punto fingiéndose un hombre atribulado, de pobre pollo, lamentándose decepcionado, preocupado e indignado por las noticias de las andanzas de Leire Díez intentando extorsionar a jueces, fiscales y guardias civiles y evacuando consultas con la directora de la Guardia Civil y la Fiscalía General del Estado. Una víctima (ya sabemos que las víctimas son los héroes de nuestro tiempo) que nunca avaló, nunca tuvo información, nunca tuvo conocimiento de algo que nunca hubiera tolerado. Demasiado duro escuchar que no era el momento de asumir responsabilidades sino de traspasarlas a la Justicia, «es el tiempo de la Justicia» (a mí que me registren). Él, un espíritu puro es víctima de las «corruptelas» (sic) de unos pocos y de las marrullerías de cierta derecha y de la ultraderecha. Un Gobierno limpio.
La intervención del Papa en el Congreso, tras un inane discurso de Armengol, fue cualquier cosa menos un discurso contemporizador y de circunstancias. Dijo no estar allí como jefe de Estado del Vaticano, sino como obispo de Roma y Pastor de la Iglesia Católica. Repasó el papel de España como adelantada del catolicismo y avanzada de los derechos humanos por la labor teológica y económica de la Escuela de Salamanca, representada por el dominico Francisco de Vitoria. Hizo referencia a la obra de santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz, así como el cristianismo agónico de Unamuno. Pero lo más significativo de su intervención fue el acento sobre la posición de la Iglesia sobre los asuntos cruciales de la sociedad moderna. Reiteró la condición sagrada de la vida, frente a las leyes sobre el aborto y la eutanasia vigentes en España aprobadas por el Congreso de los diputados. Expresó su solidaridad con los inmigrantes: «Nadie puede arrodillarse ante Dios y despreciar al hermano». Abogó por la libertad de la enseñanza religiosa y de los padres para procurar la de los hijos. Hizo un canto a la paz condenando el rearme armamentístico y abogando por el acuerdo entre las naciones. Uno puede estar de acuerdo con Prevost en que el aborto es, desde la fecundación, un atentado contra una vida con toda la potencialidad humana, que nunca debería ser reconocido como un derecho; otra cosa es que se despenalice para evitar consecuencias irreparables para quienes han sufrido ya un hecho de por sí dramático. Respecto a la eutanasia, no puedo sino discrepar. No podemos estar condenados al sufrimiento sea físico o mental sin el alivio de la muerte, sería inhumano. Con todas las precauciones que sea menester y todas las salvaguardias legales asegurando la libre voluntad en plena disposición de sus facultades mentales. Su referencia a la inmigración es la propia del jefe de un Estado de 500 ciudadanos, ajeno a la misma. Es la propia de un gobernante que nunca va a ser interpelado por una inmigración que nunca va a tener. No se sabe cómo compaginar el sintagma del pueblo de Dios con los de pueblos de otros dioses, como Alà, el islam, que predica la guerra santa. Supone un ejercicio de ingenuidad o de irresponsabilidad asegurar derechos, siempre precarios y provisionales por quienes los han financiado, a todos cuantos llegados de otros países los requieran. Todos queremos la paz. Si vis pacem para bellum, decían los romanos. Querer la paz no significa ofrecer el cuello al enemigo. Claro que hay guerras justas, y así las ha declarado alguna vez la Iglesia. Si Rusia invade Ucrania, ésta tiene derecho a defenderse. Tenemos que rearmarnos si se nos amenaza. La libertad, un valor con el que la Iglesia dice comulgar, nunca es un regalo, no se concede, se conquista y debe defenderse con las armas si es necesario.
En fin, que la simpatía por el valor moral que despliega Prevost no empece para que discrepemos de algunas de sus principales vindicaciones. Por eso no se entiende que un Congreso y un Senado que han aprobado leyes en clara contradicción con las posiciones del Papa le dedique siete minutos de aplausos, más allá de toda cortesía institucional. Es el papanatismo hacia una figura de gran poder simbólico como el Papa. Papanatismo: actitud de admirar algo o a alguien de forma excesiva, simple y poco crítica. Cuando Feijóo dice que está de acuerdo desde la A hasta la zeta con su discurso, uno se pregunta si es que va a derogar la ley del aborto, la de la eutanasia, si va a desmantelar los acuerdos en defensa de la «prioridad nacional» en Extremadura, Aragón y Castilla y León; si va a imposibilitar el acuerdo de gobierno en Andalucía; si va a paralizar el aumento del gasto en defensa para hacer frente a las amenazas rusas; o si va a incentivar el efecto llamada a emigrantes con otras regularizaciones. La visita del Papa posibilita que se nos aclare el futuro. Para lo que también ha servido ha sido para evidenciar el odio nacionalista a España. Que Miriam Nogueras hiciera un Nadal Batle agarrando la mano de Prevost y requiriéndole en inglés a que hablara en catalán en Barcelona, es una impagable muestra de odio a la lengua española, no por requerir el catalán sino por despreciar al español. Para completar el odio, Eduard Pujol le requirió en italiano. Será por obispo de Roma. Con esos bueyes habrá que arar.
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