Opinión
El golpe a un Estado que no da golpe

Archivo - L'expresident José Luis Rodríguez Zapatero / Eduardo Parra - Europa Press - Archivo
Sir Roger Penrose, físico y eminente y Nobel de la asignatura, admitía recientemente a sus 95 años que le había provocado especial admiración un encendido defensor del Universo estacionario que empezó su conferencia proyectando una diapositiva con grandes caracteres:
«Yo estaba equivocado».
No espere encontrar un manifiesto semejante del PSOE, encelado en el enemigo exterior y en que todos los demás circulan en la dirección errónea. Tal vez sería preferible que la socialdemocracia patria repasara las vicisitudes de sus hermanos y financiadores del muy sólido SPD alemán, hoy al borde de la disolución electoral.
Toda persona políticamente informada ha leído una variante del titular «Si a Julito Martínez se le ocurre hablar, Zapatero está hundido y el PSOE también». La confidencia emanada del propio partido es un enunciado curioso. Asume, por ejemplo, la culpabilidad del expresidente del Gobierno, con independencia de que su compinche de correr y de correrías dicte la sentencia. Y recuerda la extraña querencia de los socialistas por las amistades peligrosas. Perder la reputación es peor que una imputación.
Sin moverse de esta semana, Óscar López dictamina que «hay jueces que prevarican». Sin contexto, la frase equivale a «hay paseadores de perros que prevarican», pero la acusación vertida por un ministro le obliga a denunciar a los togados en cuestión, como cualquier funcionario que presencia un delito. Ha abusado de sus competencias digitales para meter estrepitosamente la pata. Se pretende autor de un manifiesto valeroso, cuando está empeorando las expectativas de su partido.
El Gobierno cuenta con dos ganadores de un Óscar, López y Puente, que compiten en quejarse de una persecución judicial que el segundo de ellos cristaliza en que «hay actuaciones que buscan acabar con el Gobierno». Aunque nada atiza una hoguera política como la inminencia de un putsch, no hay golpe de Estado, hay un Estado que no da golpe. Al PSOE le cuesta interiorizar que es el culpable de su situación, precisamente porque gobierna. Hay algo peor que deslegitimar el poder, infravalorarlo.
«Es un caso político» abrevia asimismo la valoración que Luis Arroyo atribuía a la imputación de Zapatero. En la misma entrevista, el autodenominado portavoz del expresidente no solo abarataba a cuarenta mil euros unas joyas tasadas hoy oficialmente en 1,3 millones, sino que atribuía el precio treinta veces equivocado a una valoración que habría llevado a cabo el propio líder socialista. No solo se equivocó, convirtió en mentiroso al político que ganó las elecciones de 2023 para Sánchez. ¿Golpe de Estado, o Estado que no da ni golpe y se halla en las manos de indocumentados con la boca demasiado grande? Por supuesto el clamoroso ocultamiento desbarata los cánticos de inocencia del zapaterismo o sanchismo, si alguien logra desenredarlos.
El Gobierno agiganta a sus enemigos, a veces confundiendo la intención golpista con un rasgo de carácter. En un foro jurídico de tinte progresista, el presidente de un Tribuna Superior se lamentaba de que «es una lástima que no vengan los jueces conservadores, claro que todos los jueces somos conservadores». No se asiste por tanto a una conjura, los popes de la Administración han advertido colectivamente hacia dónde sopla el viento.
Examinando a los golpistas que ha detectado el Gobierno, cabe esperar que con mayor pericia que la exhibida en la tasación de joyas, son francamente demasiado perezosos para afrontar la ingente tarea de desbaratar un régimen. Las insurrecciones exigen un sobreesfuerzo que supera la habitual dedicación de los funcionarios de lujo, con sus semanas caribeñas de martes a jueves. No se puede descartar que anden flacos de voluntad o convicción, pero les falta laboriosidad.
De momento, las consecuencias del golpe de Estado no son violentas sino electorales. Hasta el último barómetro del CIS admite que el PSOE ha colocado a PP/Vox en la frontera de los doscientos diputados. Un trasvase de esta magnitud denota convicción por parte de los votantes, más allá de las supuestas maniobras togadas en la oscuridad. Y como mínimo, los Óscares que desatienden sus tupidas funciones ministeriales para rastrear golpistas deberían admitir que el Gobierno lo ha puesto muy fácil.
Señalando con mala educación, cualquier persona o partido que aloja en su seno a especímenes como Víctor de Aldama, Julito Martínez o Leire Díez merece pagar las consecuencias, por muy excesivas que sean. Y no cabe duda de que estos mirlos blancos del PSOE han demostrado una efectividad muy superior a los golpistas. Por no hablar de una afanosidad que desborda a la molicie de un Gobierno entregado a la tabla de salvación del Papa.
La doctrina del zapato en el otro pie obliga a plantearse que diría el PSOE si los aldamas de cada trama hubieran aflorado en el PP. Y desde el túnel del tiempo, ¿nombraría hoy Sánchez a Ábalos o Santos Cerdán para los puesto más sensibles de partido y Gobierno, le concedería una cátedra a su no catedrática esposa?
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