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Opinión | Tribuna

Bailar después de saber

El regreso de Michael Jackson a las pantallas no ha devuelto solo a un artista al centro de la conversación, ha reabierto un problema sin respuesta

Ilustración: Bailar después de saber

Ilustración: Bailar después de saber / .

Suena Billie Jean y ocurre algo incómodo: el cuerpo la reconoce antes de que la conciencia llegue a tiempo. Primero, entra el bajo, seco, perfecto, inmediatamente familiar. Después, aparece la memoria: una boda, una radio encendida en verano, una pista de baile, alguien intentando imitar el paso imposible frente al televisor. Y solo más tarde llegan las preguntas. La biografía. La sospecha. La incomodidad moral.

El regreso de Michael Jackson a las pantallas no ha devuelto únicamente a un artista al centro de la conversación. Ha reabierto un problema para el que seguimos sin tener una respuesta convincente. No tanto el viejo dilema (tantas veces formulado y tantas veces resuelto con excesiva rapidez) de si podemos separar la obra del artista. La cuestión más inquietante es otra: qué hacemos cuando una canción forma parte de nuestra memoria corporal, pero ya no encaja sin fricciones en nuestra conciencia moral.

Durante décadas, Michael Jackson perteneció a esa extraña categoría de artistas que parecían anteriores a cualquier juicio. No porque fueran inocentes, sino porque estaban en todas partes. Sus canciones no eran exactamente una elección. Sonaban en bodas, cumpleaños, anuncios, gimnasios, fiestas de pueblo, recopilatorios para el coche y programas de televisión. No hacía falta ser fan para tener una relación con Michael Jackson. Bastaba con haber crecido dentro de una cultura pop que ya había moldeado parte de nuestros reflejos.

Por eso, su caso resulta tan incómodo. No hablamos de un artista marginal que uno puede retirar discretamente de su vida. Hablamos de una música incrustada en la educación sentimental de millones de personas. Thriller, Beat It, Billie Jean o Smooth Criminal no son solo canciones. Son habitaciones de la memoria.

La cultura contemporánea suele ofrecernos dos respuestas rápidas ante este tipo de figuras. La primera consiste en seguir escuchando como si nada hubiera pasado. La segunda, en convertir el rechazo en una forma de higiene moral retrospectiva. Entre ambas queda una zona más difícil de transitar: la de quien no quiere absolver, pero tampoco puede fingir que esa música no significó nada en su vida.

Ahí empieza la verdadera dificultad. Nos gustaría que las obras obedecieran a una contabilidad limpia: tanto talento, tanta culpa, tanto derecho a permanecer. Pero la experiencia cultural rara vez funciona así. Hay canciones que siguen siendo extraordinarias y que, sin embargo, ya no podemos escuchar con la misma inocencia. Obras capaces de emocionarnos y avergonzarnos a la vez.

Quizá Michael Jackson nos incomoda tanto porque obliga a reconocer algo poco elegante: el cuerpo tiene memoria propia. El cuerpo no redacta comunicados ni espera a que terminemos de ordenar nuestros principios. Reconoce un ritmo antes de formular una posición ética. Nadie abandona una pista de baile para abrir un expediente filosófico sobre la historia del pop.

Eso no significa que el cuerpo tenga razón. Significa algo distinto: que la cultura actúa sobre nosotros con una profundidad que a menudo descubrimos demasiado tarde. Nos educa, nos acompaña y también deja huellas difíciles de borrar. Hay obras que continúan formando parte de quienes somos incluso después de haber dejado de encajar en los principios que afirmamos sostener públicamente.

Tal vez, madurar culturalmente consista precisamente en aceptar esa incomodidad sin convertirla ni en absolución ni en espectáculo de pureza. Porque la tentación contemporánea no consiste únicamente en cancelar. También consiste en simplificar. En convertir cualquier experiencia ambigua en un juicio instantáneo y perfectamente legible.

El nuevo biopic sobre Michael Jackson participa, al menos en parte, de esa lógica. El cine biográfico contemporáneo suele prometer complejidad, pero a menudo ofrece algo más tranquilizador: una forma de digestión emocional. Ordena el caos, selecciona las heridas, ilumina determinados episodios y distribuye cuidadosamente las emociones para que salgamos del cine con la sensación de haber comprendido algo que quizá siga siendo irresoluble.

Pero quizá Michael Jackson no debería servirnos para cerrar nada. Ni para absolverlo en nombre del genio, ni para reducirlo a una figura perfectamente clausurada por el juicio moral. Quizá su caso nos obligue, más bien, a asumir algo menos tranquilizador: que gran parte de la cultura que nos ha formado también está hecha de sombras.

No existe memoria musical completamente inocente. Tampoco una relación adulta con la cultura basada únicamente en la ilusión de pureza moral. Hay obras que sobreviven a las épocas que las produjeron y otras que regresan cargadas de preguntas que antes nadie se hacía. Generaciones enteras han aprendido a emocionarse con canciones, películas o libros que más tarde tuvieron que someter a revisión crítica. Madurar culturalmente quizá consista precisamente en aceptar esa tensión sin pretender resolverla por completo.

Por eso, cuando vuelva a sonar Billie Jean, quizá no haga falta resolverlo todo en unos segundos. Bastará con no fingir. No fingir inocencia. No fingir pureza. No fingir que una canción queda moralmente limpia porque todavía nos emociona, ni que deja de existir porque ahora nos incomoda.

El cuerpo recuerda. La conciencia llega después. Y entre ambas seguimos intentando comprender qué significa habitar una cultura que nos forma, nos acompaña y, a veces, también nos incomoda.

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