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Opinión

De dentro afuera

Ilustración: De dentro afuera

Ilustración: De dentro afuera / .

Cuando la santa directora de Diario de Ibiza me pidió que escribiera una columna —mientras entraba al bar en el que habíamos quedado, sin darme tiempo a sentarme o quitarme la chaqueta—, estupefacta, respondí que claro que sí.

No era la primera vez, en realidad. Antes que ella, otra agencia de noticias me había citado en un bar —cómo somos los españoles— para preguntarme, nada más aterrizar en mi silla:

—¿Sobre qué próximos proyectos tienes pensado escribir?

Y al mencionarle algunos, al tuntún, me ofreció comprarlos.

¿Sospechaban ustedes que hay quien compra historias antes incluso de que sucedan? Porque yo no. O al menos no que pudiera ser una de las agraciadas en esa rara lotería de las letras, cuando toda mi vida fue, en general, más de pedreas.

—Pero... yo no soy periodista. —Dije.

—No importa, queremos que cuentes las cosas como las cuentas tú.

—¡Ah, bueno! ¡Eso sí puedo hacerlo!

Renunciaba el hombre a mis conocimientos sobre absolutamente nada a cambio del desorden de historias, harto servidas de saltos temporales y geográficos: de aquí allá y, sobre todo, de dentro afuera.

Me había conocido a través de mis narraciones —más que en tiempo, en sentimiento real—, en un viaje a Estados Unidos, en aquellos años en que un presidente —Eme punto Rajoy— se exculpaba de que nuestros jóvenes emigraran, no porque la España en crisis les despojara su futuro y su presente, sino «por un impulso aventurero».

Yo conocí algunos impulsados a recolectar fruta por Europa, o a la vendimia y las plantaciones de marihuana en California.

Repasaba esta concatenación de acontecimientos el otro día, cuando una mujer me preparaba un jacuzzi con sales aromáticas donde remojar los pies, mientras otra trabajadora me hacía las manos. En el salón, regentado por chinas, todo se resuelve con una eficacia hipnótica: riegan palanganas, reparten sales, aceites, secadores de uñas; saltan de una mano a otro pie.

Entonces, me vino a la memoria un libro —de hace mil años— de cuando estudiaba Comunicación y Protocolo. En él aparecían pautas para resolver situaciones cotidianas. Uno de los ejercicios planteaba lo siguiente: una mujer entra en una zapatería y pide a la dependienta una talla de zapatos. Al probárselos, descubre que ambos pies son de distinto tamaño. ¿Cuál era el modo correcto de proceder? A. No hacer nada. B. Indicarle a la clienta que tiene un pie más grande que el otro. O C. Indicarle que un pie es más pequeño.

Y la respuesta —parece mentira lo que uno recuerda— era la C. Porque lo de ‘grande’ llena de orgullo y satisfacción solo a otros, en otros contextos.

Y si todo aquello me vino a la memoria en el momento exacto en que debería estar en mi modo más zen, fue porque una de las chinas, en un castellano cristalino, le espetó a una clienta que esperaba a que le pintaran los pies:

—¡Pero esta uña la tienes podrida! ¡Mira el dedo, podrido!

Y yo pensando en un libro, donde entre sus infinitos ejercicios con términos prohibidos ni siquiera cabía la palabra ‘podrido’.

La clienta apenas abrió un ojo y balbuceó:

—Bueno, tú píntala.

Intervino un hombre en remojo en otro jacuzzi al fondo, no por el impacto del adjetivo, sino por esa curiosidad que te lleva a descubrir las mejores historias:

—Oye, ¡qué buen español hablas! Tú has nacido en España, ¿verdad?

Fue la trabajadora que me estaba dando el masaje la que respondió al vuelo:

—¿Esta? ¡Qué va! En China, lo que pasa es que es adoptada.

El local estalló en risas: las chinas que hablaban español, primero; a las que se lo tradujeron, después; y, cuando entendimos que era un chiste, todos los demás.

Pero créanme: ni riendo hubo una milésima de segundo de pausa en la tarea de limar, cortar y pintar.

Y volví a una de aquellas miserables plantaciones de marihuana en algún lugar perdido entre los bosques de secuoyas —enmarcadas entre coches tiroteados y calcinados como advertencia a quien ose merodear—, donde convergían la miseria de mexicanos, argentinos, españoles... Pero los trabajadores más cotizados, y con motivo, eran los chinos —las chinas.

Eran Hmong, una etnia originaria del este y sureste de China, cuya principal comunidad fuera de Asia se encuentra en California. El motivo es una deuda histórica: la guerra de Vietnam, donde fueron reclutados por la CIA para lo que denominaron «guerra secreta contra el comunismo». Con la derrota de Estados Unidos en 1975, los Hmong se vieron obligados a huir de las represalias del gobierno de Vietnam en una diáspora, y Estados Unidos, a abrirles las puertas.

No importaba lo temprano que te levantaras: los Hmong ya estaban trabajando. Da igual a qué hora, con la espalda destrozada, te fueras a dormir: seguían allí. Una tarde, una anciana, desde su silla, trabajaba y lloraba a la vez. Otra más joven me susurró que la habían llamado para decirle que acababa de morir su hijo en China.

Me levanté, le preparé un té y se lo acerqué. Agradeció con la cabeza y, mientras le acariciaba un hombro, ella seguía llorando, seguía trabajando.

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