Opinión | Papa León XIV
Ni tiempo ni ganas

El Papa León XIV subido a su papamóvil durante un recorrido por el Vaticano el pasado 27 de mayo. / MARCO IACOBUCCI / ZUMA PRESS / E
Seis días, 17 actos en los que tomará la palabra entre discursos y homilías. Visitas a centros penitenciarios y a centros de acogida para personas sin hogar. Misas multitudinarias. Encuentros con jóvenes cristianos y con religiosos de distintas diócesis.
Pero en la agenda del pontífice prevista para la visita a nuestro país no hay ni una sola reunión, ni un encuentro informal, ni un gesto público previsto hacia las víctimas de los casos de pederastia que han sacudido a la Iglesia. Para las víctimas de los suyos, el Papa no tiene tiempo. Ni ganas.
La Conferencia Episcopal reconoció hace apenas un mes que cerca de un millar de clérigos están acusados de abusos sexuales. Reconocer es el primer paso cuando existe una voluntad real de reparar a las víctimas, erradicar prácticas execrables y apartar a los pederastas del seno de la Iglesia. Pero también puede convertirse en el último si todo empieza y termina en la mera admisión de los hechos.
La Iglesia católica parece empeñada no solo en esquivar la dimensión de un problema estructural, sino también en proteger antes al abusador que al abusado. Durante demasiado tiempo, la respuesta ha consistido en apartar al culpable del foco mediático para trasladarlo a otro destino donde ha seguido teniendo acceso a niños y niñas. Una estrategia que no repara el daño, no asume responsabilidades y, desde luego, no sitúa a las víctimas en el centro.
El Papa tiene una oportunidad única para marcar una diferencia real y valiente en su pontificado: mirar a los ojos a quienes vieron su infancia y su inocencia desgarradas por pederastas con sotana y alzacuellos. Escucharlos. Pedirles perdón. Y, sobre todo, acompañar ese perdón de un compromiso inequívoco para utilizar todos los mecanismos a su alcance con el fin de erradicar una lacra que durante décadas la Iglesia no ha afrontado con la contundencia necesaria. En definitiva, afrontar las vergüenzas del pasado y del presente para evitar las del futuro.
¿Acaso no es más fácil empezar por resolver los problemas de casa que acabar con el hambre en el mundo o poner fin a las guerras?
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