Opinión | En aquel tiempo
Palabras para León

El Papa León XIV / Stefano Spaziani/EUROPA PRESS
Mi querido y respetado sucesor de Pedro, León Papa,
Tras haber esperado infructuosamente la visita de tu antecesor Francisco, quien miraba con reticencias la situación eclesial española pero también se mostraba reticente ante el discurrir de nuestros obispos, resulta que casi al comienzo de tu pontificado, has decidido visitar esta España tan católica como oscilante en su fe. Y que conste que, a estas alturas, ya has conseguido rebajar algunas tensiones de tu antecesor… pero a la vez plantear nuevos interrogantes con una mezcla de serenidad y de contundencia. Esa que has mostrado con los desvaríos bélicos del sospechoso Trump. Pero vamos a lo nuestro: que el próximo día 6 de este junio acalorado permanecerás en España hasta el 12, tras visitas muy diferentes pero todas significativas de tus preocupaciones como pastor y maestro. Permíteme unas palabras que, por supuesto, comienzan siendo de «bienvenida» y un deseo ferviente de que obtengas información y opinión de nuestra fe, esperanza y amor fraterno. Lo deseo de corazón.
Eres un tipo sin pelos en la lengua, si bien con menos radicalidad «lingüística» que Francisco. Y precisamente esa pertenencia nacional que te une al Presidente Trump puede forzar algo más de perspicacia en sus decisiones, tan precipitadas e ideologizadas. Contigo en Roma, tengo la seguridad de que Trump pensará más despacio determinadas medidas que pongan en peligro la vida humana. Ya se lo has hecho saber con el ataque a Irán. También es muy mala suerte, mi querido pastor y maestro, que tengas junto a ti a ese energúmeno de Netanyahu, capaz de llevarlo a los más borrascosas de las tormentas. Personalmente, aplaudo esa «inmersión sociopolítica» desde «criterios evangélicos», porque, a fin de cuentas, tu rol católico tiene que ver con «las alegrías y con las penas» de la humanidad entera, siempre del siempre necesario Vaticano II. Y te pido, desde la pequeñez de estas palabras, que no accedas a las críticas de quienes colaboran con esta «cruzada por la guerra», tan en marcha que nos humilla. Por lo menos, contemos con tu voz. Queremos escucharla. Aunque duela.
Las repetidas visitas de nuestro Presidente, así como la de Ayuso, seguramente te habrán invadido de información, de peligros ambientales y hasta de consejos sobre las palabras que les gustaría escuchar en función de las tensiones evidentes. Por favor, no dejes de pronunciar las palabras que hayas decidido entregarnos para la construcción de nuestra Iglesia en España y no menos para aumentar la distensión que promueva una cultura del diálogo y no siga aceptando la actual, basada en un muro de contención, que ha vivido España en dos mitades hasta ahora irreductibles. Por favor te lo pido: dinos todo lo que piensas que pueda ayudarnos a recuperar el juego limpio y el respeto al adversario. Seguro que lo sabes mucho mejor que yo. Es lógico. Pero insisto con gravedad.
Y cómo no solicitar de tu magisterio petrino que dirijas palabras claras y hasta desafiantes a esas «parcelas eclesiales» que pretenden señalarte el camino papal desde opciones ilusas, que solamente procurarán división y brotes heréticos. Aunque suene duro. Por ejemplo, me gustaría que fueras terminante respecto de la inmigración, con todos los matices necesarios, que los hay, pero dejando siempre en pie los derechos humanos (y cristianos), de esas pobres gentes que llegan hasta nosotros en búsqueda de pan y de paz. Sin que caigamos en la tentación de manipularlos a efectos legales y votaciones posteriores. Todas estas cosas me parecen necesarias con ocasión de un viaje que toca tantas teclas y seguramente suscitará tantas opiniones. Lo sabes bien de antemano.
Y cómo hablarás en el Congreso español, un detalle que vale su peso en oro, aprovecha para que, todos sin excepción, sepan lo que piensas tú en materias controvertidas pero inevitables. Persigue el buen talante, no hieras sin necesidad, pero me permito recordar que solamente la verdad nos hace libres. Esa verdad que, ahora mismo, nos jugamos a la ruleta ideológica con una facilidad que me produce espanto. Ojalá, tus palabras no te las determinen desde fuera, sino que sean esas que te salgan de un «corazón iluminado», como lo hemos comprobado ya en tus periplos. Aunque duela a algunos, «enséñanos a ser mejores ciudadanos». Es decir, capaces de eliminar muros y cadenas que nos dividen en «grupos de odio». Haznos el favor.
En fin, mi querido visitante, que estás al frente de nuestra Santa Iglesia, también pecadora, que tu paso por España haga de tal España una tierra de fraternidad, un país democrático por convicción, y sobre todo, un territorio en que nuestra Iglesia Católica, que presides como sucesor de Pedro, testimonio, sin miedos cínicos, la Persona y el Evangelio de quien le diera a luz. Que es Jesucristo, nuestro Único Señor. Y, por supuesto, infinitas gracias por tu presencia entre nosotros. Gracias de corazón.
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