Opinión | tribuna
Democracia para espíritus libres
Muchos que no se sienten representados por un sistema que parece no avanzar sin encallarse en valores, que poco tienen que ver con el servicio a la ciudadanía

Un grupo de jóvenes. / Shutterstock
Ante las tristes actuaciones políticas constantes, al ciudadano únicamente parece quedarle una cierta decepción. La incredulidad ante la política es más que obvia entre los jóvenes, así como la falta de participación real en la democracia -apenas se nos pide opinión para nada-, provoca que cada vez más gente opte por volverse hacia el entretenimiento de sus vidas, dejando en un aparte la política. Creo que a estas alturas hay muchos que no se sienten representados por un sistema que parece no avanzar sin encallarse en valores, que poco tienen que ver con el servicio a la ciudadanía.
Quizá pensaréis que soy un tanto pesimista, pero nada más lejos de la verdad, puesto que, precisamente, siempre considero que es cuando «van mal dadas», cuando puede emerger lo mejor de cada uno. Ante el panorama de la política partidista -en los antípodas del espíritu de lo político- están surgiendo infinidad de grupos sociales que comienzan a tener la certeza de que si no es el pueblo, no será. Grupos de ayuda social, asociaciones de vecinos con servicios para los más mayores, plataformas para limpiar playas, costas y territorios heridos, colectividades en contra de las continuas talas de arbolado sin causa razonable, asociaciones de soberanía alimentaria, grupos humanos variopintos que iluminan aquello que queda disuelto entre absurdos referentes a coches oficiales, dinero público mal utilizado y, tristemente, olvido del objeto de cualquier gobierno, sea éste del partido que sea.
La solución solo puede venir del hombre y la mujer de a pie que dedica algo de su tiempo a mejorar las cosas y a denunciar aquello que no es beneficioso para la vida. La democracia sana debe empezar por ahí, perdiendo de vista de una vez por todas a papá estado y despertando -como ya parece hacerlo- a una madurez que Kant identificaba con la ilustración, ahora ya tan manoseada. Quiero pensar que hace tiempo que, en nuestra laica sociedad, no importa el credo por encima del individuo, de la misma manera que ahora ya no importa tanto el color o el partido, sino el individuo y el beneficio para la vida. Ese ciudadano que quiere ser cada vez más consciente, no porque su gobierno diga esto o aquello, sino porque él mismo quiere convertirse en un espíritu libre, como diría Nietzsche. Cabe recordar esa anécdota que se cuenta de los surrealistas cuando todavía andaban unidos al dadaísmo, aquella en la que André Breton organizó un serio juicio contra el xenófobo Maurice Barrès, mientras Tristan Tzara, formando parte del tribunal, saboteó lo que consideraba una repetición de lo mismo, por mucho que los surrealistas quisieran ser rebeldes.
Ahora se trata de intentarlo desde lo social real, desde el ciudadano que, optando por no caer en la más profunda de las desidias ante el espectáculo político, se convenza de que el cambio puede venir de las micro-acciones de todos y cada uno. Esas que, ciudadano a ciudadano, grupo a grupo, asociación, entidad, colectivo a colectivo van erosionando, poniendo límites a lo inaceptable, recordando continuamente que la democracia no va de poder, ni de una posibilidad de voto cada cuatro años, ni de entretenerse en disputas sobre si derecha, izquierda, centro, arriba o abajo tienen la razón, sino de intención capaz, silenciosa, libre de toda idea que secuestre la ilusión del cambio. La democracia ya no estriba en que seamos libres para votar un color, sino en que correspondamos a esa libertad, más allá del tedioso espectáculo de un sistema caduco. Así que, manos a la obra, por una democracia participativa real y del ciudadano. De lo contrario, la transformación no será posible.
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