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Opinión | Al azar

Demasiada gente llora en las gradas

Una bicicleta ardiendo frente al Arco de Triunfo de París, en los disturbios durante las celebraciones por la victoria en la Champions del PSG.

Una bicicleta ardiendo frente al Arco de Triunfo de París, en los disturbios durante las celebraciones por la victoria en la Champions del PSG. / KENZO TRIBOUILLARD / AFP

La guerra contra el {"anchor-link":true}en el fútbol ha terminado, y la han ganado los

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, salvo que se escamotee la revuelta parisina tras la final de la Champions. Suerte que ganaron. En vez de difuminar la sobreexcitación ligada a un balón, el delirio se ha propagado al grueso de las clases medias. Los partidos son cada vez más aburridos, lo cual desvía progresivamente la atención de las cámaras hacia el público, que ha renunciado a sus derechos de imagen en una traición a la intimidad de los menores que debería ser delictiva.

En resumen, demasiada gente llora en las gradas por el fallo de un delantero centro, con una pasión lacrimal que no desarrollará ni por la muerte del abuelo. Los niños deshechos en lágrimas se han convertido en el objetivo primordial de la transmisión, muy por encima del insoportable centrocampismo. La criatura impelida a llorar en el estadio viene a estar más corrompida que si se le dejara un móvil con acceso a todas las aplicaciones, aunque suelen ser actividades complementarias. Se contraatacará con la evocación de haber acudido al campo de la mano del padre, pero en aquellos tiempos de pedregales no se obligaba a nadie a gimotear desesperanzado, se trataba solo de asistir a un espectáculo de ficción.

La cumbre de la civilización supone concentrar las expectativas humanas en un equipo de fútbol, compuesto por individuos monosilábicos de habilidades circenses muy restringidas. El melodramatismo de las gradas ahonda en la consideración del balompié como la única religión verdadera, cincelada en telepredicadores responsables de que los partidos no sean radiados sino aullados, a un volumen que presupone la excomunión de quien se niegue a participar de los alaridos. Una sociedad que llora masivamente por un partido de fútbol no muestra una sensibilidad suplementaria, sino que la malgasta miserablemente. La difusión del fanatismo hasta el último asiento del estadio recuerda que la experiencia se valora por sobre todas las cosas y, cuando el marcador acaba con un débil uno a uno, hay que inventarse las emociones. A gritos, a golpes, a lágrimas.

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