Opinión | Pensamientos
Alien en Palma
La jacaranda suelta una flor violeta que va acompañada de una resina pegajosa. El pringue invade aceras, calzadas y vehículos. La calle es un verdadero estercolero; eso sí precioso y vistoso

Jacarandas en Nou Llevant / Raúl Sanz
Termina de acabar mayo, el mes de las flores, y varias zonas de Palma sufren el recurrente problema de las jacarandas.
Se trata de un árbol de origen suramericano, que se puso de moda en la ciudad hace pocas décadas. Vamos a hablar primero de sus aspectos positivos. Luego entraremos en la cruda realidad.
La principal virtud es su estética: cuando florece, la ciudad se llena de unos sugestivos, y hasta poéticos, tonos lilas. Parece un jardín japonés. Crece rápido y se adapta bien al clima mallorquín, con los duros períodos de sequía y calores extremos.
La cara amarga es muy dura, molesta, dañina y prolongada en el tiempo. Lo peor es su suelta masiva de flores violetas que va acompañada de una resina pegajosa. El pringue invade aceras, calzadas y vehículos. La calle es un verdadero estercolero; eso sí, precioso y vistoso. Si no fuera por la baba invasora, varios barrios podrían vivir en una permanente muestra de las alfombras florales de mayo. Nada más lejos de la realidad.
El aceite coloniza coches y motos, los deja hechos un Ecce Homo. Limpiarlos es cosa ardua: no basta arrojar un cubo de agua o frotar con ahínco. La plaga causa también pequeñas averías: la resina inutiliza los sistemas de elevación de las ventanillas y ciega la salida de agua de los parabrisas.
Cuando no hay flores, son las diminutas hojas las que se cuelan por dentro de los automóviles y las casas.
Las flores muertas también ensucian las viviendas. Llegan a nuestras casas pegadas al calzado. Los felpudos no dan abasto.
Los malos efluvios son tan poderosos que los sufren tanto los coches aparcados debajo de los árboles, como los situados a unos metros, en zona teóricamente limpia. El viento hace estragos.
Los vecinos evitan aparcar en las zonas más expuestas al fuego floral, lo que permite que, milagrosamente, haya huecos donde nunca hay sitio.
Es un problema de muy mala solución. Talar los ejemplares, que en mi barrio fueron plantados hace casi 20 años, sería un «arboricidio». Se han intentado fumigaciones y otras medidas, pero la suciedad vuelve periódicamente.
La pregunta del millón es por qué se eligió esta especie. No es un árbol mediterráneo; no da una sombra excesiva para mitigar los ardores del sol.
Alguien en el Ayuntamiento de Palma se encaprichó de las jacarandas. Quizás quiso emular a otras ciudades de clima benigno que apostaron por las bellas gamas lilas vegetales.
Me gustaría hablar con ese técnico. Que me dijera si le colaron un gol, si no había leído, antes de la compra, los inconvenientes de su elección. Más grave sería que hubiera persistido en el error tras haber plantado algunos ejemplares y haber comprobado que aquello era, entre mayo y julio, un alien.
Fue una mala decisión, repetida en varios puntos, la mayoría de barriadas, pero otros céntricos como la Avenida Argentina.
La calidad de vida de los ciudadanos depende de varios factores. El principal es la salud y el poseer un estatus económico adecuado. No hay que olvidar el fácil acceso a una vivienda digna y a las prestaciones sanitarias, educativas, y culturales.
La seguridad ciudadana, la limpieza de la vía pública, la fluidez del transporte colectivo, el control de la contaminación atmosférica, la limitación de los ruidos son otros servicios normalmente a cargo de los Ayuntamientos.
Aquí algo ha fallado y las secuelas son permanentes. Por otro lado, la Botánica nos dice que las jacarandas pueden vivir entre 40 y 50 años, llegando algunos ejemplares a los 100 años. Así que: paciencia y barajar.
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