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Opinión | una ibicenca fuera de ibiza

De las cosas nuevas (otra vez)

León XIV

León XIV / .

Días antes de su visita oficial a España, el papa León XIV publica su primera encíclica, Magnifica humanitas. La fecha elegida por el pontífice norteamericano, 15 de mayo de 2026, no es casual. Otro 15 de mayo, en 1891, otro León -el XIII- publicaba Rerum novarum (De las cosas nuevas), su trigésima octava encíclica y también la primera gran encíclica social de la Iglesia Católica; esto es, no dirigida solo a la jerarquía eclesiástica, sino al conjunto de la sociedad.

Ambas encíclicas -del griego enkyklios, “circular”, tradicionalmente dirigidas al círculo eclesiástico- revelan a dos papas profundamente conscientes de la época que les ha tocado habitar.

Así como León XIII cuestionó las supuestas bonanzas de la revolución industrial, el otrora Robert Francis Prevost somete a examen la nueva revolución tecnológica y, entre ella, la inteligencia artificial (IA).

Hace 135 años, el representante supremo de la Iglesia denunciaba que “desentendiéndose las instituciones públicas, el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores”. Pero

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concluye algo que hoy resuena con fuerza inesperada: “Lo que sobresale en nosotros, lo que da al hombre el que lo sea y se distinga de las bestias, es la razón o inteligencia”.

Una inteligencia humana, quería decir León XIII, totalmente ajeno a que algún día viviríamos pendientes de cualquier otra. Pero quizá, más de un siglo después, la clave esté precisamente en no separar inteligencia de razón.

Durante largo tiempo se usaron casi como sinónimos, aunque en su núcleo esconden diferencias decisivas. Inteligencia es, simplificando, la capacidad para aprender, reconocer patrones o resolver problemas; algo en lo que las IA ya han demostrado una eficacia sorprendente. La razón, sin embargo, implica deliberar sobre principios, fines y consecuencias. La inteligencia responde a una pregunta: “¿cómo hago esto?”. La razón plantea otra, al menos de momento, profundamente humana: “¿debería hacerlo?”.

Por eso, León XIV no desdeña en absoluto las múltiples aportaciones que la tecnología puede ofrecer -de hecho las define como “una ayuda valiosa que requiere atención”-, pero tampoco ignora “la estrecha conexión entre los intereses económicos, los aparatos militares y las decisiones políticas” de unas máquinas aparentemente al servicio de la humanidad.

“En el pasado -advierte el pontífice- eran principalmente los Estados los que impulsaban y orientaban la innovación”. Hoy, en cambio, estas alianzas del poder tecnológico tienen un rostro “predominantemente privado y, por ello, aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común”.

Lejos de eso, lamenta que “la guerra parece casi una prolongación natural de la política y el mercado de las armas se convierte en un motor autónomo de las decisiones bélicas”.

Pero León XIV advierte también de otra batalla menos visible: las guerras híbridas de nuestro tiempo que alimentan una preocupante pérdida de memoria histórica. “La reescritura selectiva o distorsionada del pasado”, alerta, “prospera en un clima de noticias falsas y manipulaciones narrativas que terminan por empañar las lecciones aprendidas”.

Desde este caldo de cultivo, “la paz ya no se presenta como una tarea por asumir, sino como un intervalo precario entre conflictos”. Un escenario en el que -advierte- el principio de proporcionalidad, el acceso al agua o los alimentos, e incluso la protección de civiles y niños, parecen convertirse en ingenuas reliquias del pasado.

“No existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable”.

Como antídoto, el pontífice propone “desarmar”. Desarmar la IA, apartándola de “la lógica de la competencia armamentística”, pero también desarmar las palabras. Parafrasea así su primera audiencia ante los medios de comunicación: “Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra”.

Algo que, antes incluso que León XIII, ya había intuido Aristóteles al definir al ser humano, más que por su inteligencia, como zoón lógon échon (animal dotado de razón y palabra). “Solo el hombre, entre los animales, posee la palabra”. Una palabra que existe para manifestar “lo conveniente y lo dañino, lo justo y lo injusto”.

Una razón que plantea preguntas de puño y letra de los papas desde hace 135 años. Como las que nos devuelve León XIV de Juan Pablo II (encíclica Redemptor hominis, 1979) ante “este progreso, cuyo autor y fautor es el hombre” y que ahora mira a la IA: ¿«hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, “más humana”?; ¿la hace más “digna del hombre”?».

La respuesta no parece encontrarse en la inhumanidad de la tecnología ni en la codicia del poder, sino -como recordaba otro papa, Francisco, en Evangelii gaudium-, entre todos aquellos que buscan sinceramente “la verdad, la bondad y la belleza”. Allí encontraremos a nuestros más preciosos aliados.

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