Opinión
La fe del otro
Hay muchos modos de vivir, sentir o sufrir la religión católica. Desde la asfixia de una educación dogmática hasta la fascinación por la teología de la liberación. Desde el asco por la complicidad con los casos de pederastia, hasta el respeto por quienes se arremangan en los barrios. Desde el desprecio por la opulencia, la hipocresía, el machismo y el cilicio, hasta la admiración por quienes se empeñan en construir refugios en los márgenes. Incluso se puede percibir como una moda y empacharse de cruces, hábitos, palomas y más iconografía religiosa como sucede en los conciertos de Rosalía.
Todos esos modos y muchos más de vivir el catolicismo se les escamotean con interesada reincidencia a los musulmanes. Se toma una visión esencialista, simplista -cuando no manipulada- del Corán y se niegan las múltiples escuelas de interpretación del texto. Se borra el pluralismo interno del islam para crear una imagen inmovilista y amenazante. Hasta considerarlo «incompatible con la democracia y los derechos humanos», como afirma el historiador Fernando Bravo López en En casa ajena (Edicions Bellaterra, 2012). Como si todo musulmán escondiera un posible terrorista en su interior. Tan absurdo como considerar a todos los católicos a imagen y semejanza de los episodios más tremebundos del Antiguo Testamento, esos en los que abundan matanzas, violaciones salvajes e incluso genocidios en la Tierra Prometida.
Si admitimos que la cruz puede ser llevada como símbolo de tradición, pobreza, orgullo, compromiso, talismán, sumisión o pertenencia, también deberíamos aceptar los múltiples significados que puede adquirir el hiyab. Puede ser la prenda del sometimiento o de la elección, del compromiso religioso o de la rebeldía. No es lo mismo la mujer obligada a llevarlo en Irán que la joven que se cubre como respuesta a la islamofobia. Una reivindicación en la línea de aquel Black is Beautiful (lo negro es hermoso) de los movimientos de derechos civiles en EEUU ante el racismo. Sirve como referencia la encuesta reciente del Instituto Francés de Opinión Pública, IFOP, que señala que una de cada dos mujeres de entre 18 y 24 años usa velo, tres veces más que en 2003. Solo un 2% de ellas afirma cubrirse «bajo la presión directa de los familiares».
«¿Es libre una mujer velada?», se preguntaba el filósofo Santiago Alba Rico en un artículo en El País sobre el uso del pañuelo en los institutos. «Yo no defendería el uso coyuntural del velo en nombre de la libertad religiosa sino en nombre del laicismo y del derecho a la educación, que es el derecho a la rebelión y a la transformación personal», afirmaba en su texto. También podríamos hacernos otra pregunta: ¿Es libre una sociedad que desprecia a las mujeres veladas? Recientemente, una pareja fue detenida en Manresa después de golpear a varias mujeres musulmanas. Los puñetazos llegaron después de insultarlas por llevar hiyab. ¿Cuánta diferencia estamos dispuestos a aceptar en nuestras calles? ¿Cuánta «prioridad nacional» puede ser coreada sin envenenarnos de odio?
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