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Opinión

El arraigo de los desarraigados

Desde tiempos inmemoriales, los seres humanos se han sentido sujetos al lugar en el que han nacido. Los antiguos atenienses explicaron el origen de esa íntima vinculación mediante el mito que explicaba el nacimiento de su primer rey Erictonio de las gotas de semen del dios Hefesto que cayeron a la tierra, tras su intento frustrado de violar a la diosa Atenea. Por este motivo, los primeros atenienses descendientes de ese monarca se consideraban gegeneis, es decir, «nacidos de la tierra». Esa primigenia autoctonía les infundió un sentimiento de posesión y propiedad sobre el territorio en el que estaban literalmente enraizados, sentimiento que fue afianzado por el orgullo de considerarse superiores a los extranjeros que no habían nacido en él. A partir de este principio de pertenencia a la tierra madre, se acabaron conformando los conceptos de «nación», en latín natio, en el sentido del lugar en donde se ha nacido, y «patria», entendida como «tierra de los padres». Para vetar el acceso de los foráneos a esa germinal prosapia, Pericles promulgó una ley que solo aceptaba como ciudadanos de Atenas de pleno derecho a aquellos cuyos dos progenitores fueran atenienses.

Frente a ese radical nacionalismo, surgieron personajes díscolos que cuestionaron a los aborígenes que alardeaban de su atávico abolengo. Así lo hicieron los primeros filósofos cínicos, Antístenes y Diógenes, metecos que carecían de la ciudadanía ateniense. Antístenes se mofó de los atenienses recriminándoles porque, al presumir de su indigenismo, en nada se diferenciaban de los caracoles; Diógenes de Sínope, a quienes le estigmatizaban porque no era ateniense, les respondía que era kosmopolites, «ciudadano del mundo». Se produjo de este modo una tensión irresoluble entre los lugareños arraigados a su terruño y los desarraigados, huérfanos de naciones y patrias.

Todo indica que en nuestra época la confrontación entre ambas posiciones antagónicas sigue agudizándose. En concreto, en un mundo más conectado y globalizado que nunca, repleto de variopintos trotamundos que transitan por doquier el planeta, muchos nativos se consideran amenazados por los forasteros. Hasta se ha generado la teoría conspirativa del gran reemplazo que postula que las poblaciones autóctonas están siendo sustituidas por un tsunami de intrusos y advenedizos. Para contrarrestarla, algunos patrióticos nacionalistas parecen añorar un retorno a la mítica Atenas, al exigir, para salvaguardar la prioridad nacional, el arraigo de los desarraigados, una contradictio in terminis, que ni el mismísimo Pericles hubiera conseguido resolver. De hecho, la ciencia ha venido a dar la razón al cínico Diógenes, al confirmar que el conjunto de los seres humanos compartimos el 99,9% del ADN, por lo que, desde la perspectiva de la genética, solo existe una especie humana. Es más, a Antístenes le hubiera agradado saber que los caracoles y los humanos también coincidimos en el 70% del ADN, aunque radicados todos en una única cosmópolis cada vez más insolidaria, agresiva y caótica.

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