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Opinión | La suerte de besar

Un rincón en todas las casas

Un rincón en todas las casas

Un rincón en todas las casas / DM

Se supone que debería escribir sobre la presunta trama de corrupción y tráfico de influencias liderada por el expresidente y gurú del pensamiento y moral progresistas, José Luis Rodríguez Zapatero. Pero no. Se podría suponer, también, que debería hilar frases sobre el perfil de Pedro Sánchez. Sobre lo dicotómico que es: o sabía que Ábalos, Santos Cerdán y Zapatero no son trigo limpio, en cuyo caso él tampoco sería de fiar. O no sabía que se acostaba con su enemigo y, por tanto, se abren dudas sobre su capacidad para ejercer un cargo. Sea cual sea el supuesto, la cosa pinta mal y es una bomba H para la confianza e ilusión de la ciudadanía. Podría haber escrito sobre esto. Podría, pero no.

Hoy escribo sobre algo más prosaico: el rincón que existe en todas las casas y en el que encontramos objetos situados en el purgatorio del «ni tanto ni tan poco». Ni son lo suficientemente importantes como para tener un lugar propio ni merecen ser desechados porque un pequeño, pequeñísimo lazo emocional nos une a ellos. Hace unos días, poseída por el espíritu de Marie Kondo y porque sufrí una ligera crisis de ansiedad, me dio por ordenar a fondo los roperos y la cocina. Y ahí, en un pequeño espacio sobre la encimera, estaba la caja y, justo al lado, una hucha con la millonaria cuantía de unos tres euros en monedas de uno y dos céntimos. La vidriola es, en realidad, un bote de aceitunas que mis hijos forraron con cartulina verde cuando no levantaban dos palmos del suelo. «Dinero para viajar y comprar cosas que nos gustan» es el lema que escribieron. Tiene tanto valor emocional que lo salvaría en un incendio.

En la caja encontré un vale para canjear por productos de limpieza, que caducó hace cuatro años. Me recordó a esa versión de mí en la que creía que ahorrar y hacer la cesta de la compra no era un oxímoron. Había un anillo medio oxidado con el lema «Amigas para siempre». Un regalo de colegas durante un viaje de verano. Visualicé las idas a la playa con solo un pareo, las bicis y las marchas. Qué época aquella en la que no sabía que la crema solar era mi mejor aliada. Una nota: «La frase de la página 84 me recuerda a nosotros» y volvió la imagen de él regalándome un libro, pero ¿qué libro era? ¡Maldita memoria! Y una foto en la que aparezco vestida para ir a una fiesta y en la que peso quince kilos menos. Qué mona, pienso. Y pienso, también, en lo idiotas que somos por no apreciar que hoy estamos en nuestro mejor momento. Hay unas llaves del tamaño de una uña. Son de un diario perdido. Lo que daría por releer las locuras adolescentes. Y un posavasos que no sé qué significa hoy, pero que seguro que significó mucho ayer.

Llego a la conclusión de que todos tenemos un rincón en nuestras casas y, también, en nuestro interior. Un cúmulo de recuerdos y emociones, no siempre buenas, que mantenemos porque creemos que algo nos une a ellas. Puede que no sea así y que lo más saludable sea echarlas al cubo de la basura y dejar paso a lo nuevo. Manos a la obra.

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