Opinión
El formidable negocio de la covid para PSOE/PP
Socialistas y populares se abalanzaron sobre el pánico colectivo para facilitar contratos millonarios, bajo el paraguas de las adjudicaciones de emergencias
Todavía es sencillo recordar el pánico desatado a principios de 2020 por la covid, que encarceló a los ciudadanos a domicilio aunque por fortuna concedió una tregua a sus mascotas. Con el virus vivito y coleando todavía, pero sin más confinamiento que alguna mascarilla desperdigada, cuesta borrar la sospecha de que las medidas coactivas para aterrorizar a los ciudadanos pretendían alentar el formidable negocio de la covid. Sin trabas, porque el miedo suprime las cautelas y controles.
El mayor ejercicio de sometimiento de masas de la historia de la humanidad facilitó la creación de fortunas labradas bajo una alfombra de cien mil cadáveres españoles, que apantallaron el monumental beneficio económico de operaciones a menudo absurdas. Los economistas resaltan la importancia de crear un clima adecuado para los negocios, y el terror funciona mejor que los estímulos positivos. Los menores de cincuenta años prácticamente exentos del contagio fatal no vieron canceladas las libertades fundamentales para salvar a sus abuelos, sino para fomentar las transacciones con aval partidista.
Socialistas y populares se abalanzaron sobre el miedo colectivo, para facilitar contratos millonarios bajo el paraguas de las tramitaciones de emergencias. De repente, los novios, familiares y correligionarios de los políticos se transformaron en intermediarios sanitarios que obtenían pingües beneficios con un riesgo mínimo. Las adjudicaciones descontroladas libran hoy de la cárcel a altos cargos de todos los pelajes ideológicos, que concedieron millones en fondos públicos a personajes afines que no hubieran desentonado en el Chicago de los años 20.
Conforme avanzaba el recuento de muertos, y se endurecían las medidas restrictivas avaladas por gobernantes que se comportaron como impecables intérpretes dramáticos, mejoraba el margen de beneficio de los intermediarios del negocio vírico. Procede recordar que hay ciudadanos que ingresaron en prisión tras ser detenidos paseando a solas por una ciudad española durante la covid. La inmensa mayoría de los traficantes de la muerte, por no hablar de los políticos que avalaron su estraperlo, no sufrirán ni una tímida reconvención económica.
Todavía hoy, las víctimas de pago de la covid se abrazan a los políticos que lograron corromper a una pandemia, para liberarlos de la exposición de sus manejos. Porque la pregunta elemental en torno a la imputación de un presidente del Gobierno es muy sencilla:
-¿Hubiera obtenido Plus Ultra nada menos que 53 millones de dinero público en tiempos de ansiedad, sin la intervención legal o penal de Zapatero?
Los 53 millones de Plus Ultra no fueron devueltos en plazo, como era fácil de prever para cualquiera que no fuera alto funcionario, auditor o directivo de la Sepi. A cambio, nadie puede negar que Plus Ultra fuera una empresa «estratégica», dentro del fenomenal saqueo de fondos públicos con la coartada de una pandemia. Además de los contagiados, la explotación de la tragedia se ensañaba asimismo con el sacrificio de médicos y enfermeras, explotando su excelente imagen para multiplicar los beneficios de las tramas.
La lotería penal no obliga a tambalearse a la certeza ética, pero la situación estética se adentra en lo insoportable. Contemplar a Zapatero inmerso en la ciénaga de la peor Venezuela provoca estupor, el mal gusto de Francina Armengol utilizando al grotesco Koldo García de confidente demuestra que la soledad del poder es más corrosiva de lo que se pensaba. Un expresidente del Gobierno se preocupaba de cobrar de empresas fantasma, aprovechando que el país estaba distraído muriendo de coronavirus. La presidenta del Congreso convivió durante tres años con dos millones de mascarillas inútiles por fraudulentas, mientras se derrumbaban la población y la economía a su alrededor.
El PP convive siempre de modo favorable con una corrupción anclada en su ADN, el PSOE no podrá culpar a ninguna fuerza externa de haberse situado al borde de la disolución. Las contrataciones de emergencia que hubiera rehusado un pirata libran hoy de la cárcel a políticos que concedieron millones en fondos públicos a familiares o correligionarios, a bandas de delincuentes blindadas por la tragedia que rentabilizaron.
El virus no fue el mayor enemigo de la población en la era covid. El microorganismo flaqueaba en voracidad frente a las tramas apoyadas en su vigencia., en un reparto con personajes carpetovetónicos como José Luis Ábalos ‘El Algarrobo’, o el angélico Zapatero retratado por Zurbarán. Los partidarios de perdonar cualquier desliz progresista insistirán en que favorecer a los próximos no es delito. En cambio, debería ser delictivo olvidar que la pandemia desmanteló para siempre la sanidad pública, que se ha convertido en una ficción enmascarada detrás de listas de espera gratuitas que pronto se medirán en años.
Durante dos largos años, los gobernantes españoles de PP y PSOE colgaron de la puerta un cartel, «No molestar, estamos salvando vidas». Se les debió exigir que detallaran a qué existencias millonarias se referían, con nombres y apellidos.
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