Opinión | Escrito sin red
El derrumbe de la superioridad moral

El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero / Eduardo Parra - Europa Press - Archivo
La imputación del expresidente Rodríguez Zapatero por el juez Calama significa, si no el derrumbe total de la pretendida superioridad moral de la izquierda algo muy parecido a ello. Ese faro que iluminaba con sus destellos de luz a los herederos de la tierra en su camino hacia una sociedad de ensueño, está destruido por el fulgor de los diamantes y zafiros encontrados en la caja fuerte de su despacho de Ferraz. El brillo luciferino de las joyas de ZP ilumina la caída de la clave de bóveda simbólica del progresismo. Pero no solo de este, interpela a su partido y a todo un sistema político anegado en la ciénaga de la corrupción. «Ser socialista supone tener poco y estar dispuesto a dar mucho», recitaba este hipócrita que acumula más de los dos millones de euros en cuentas a nombre de su «lacayo» Julio Martínez en Dubái, Islas Vírgenes, Venezuela, China, Isla Mauricio. A esa trama capitaneada, según el juez, por ZP se le atribuye tráfico petrolífero, de oro, níquel y divisas. Toda la investigación procede, no de ninguna denuncia de Manos Limpias ni de la ultraderecha, como afirmó con todo descaro la ministra portavoz Elma Saiz, sino de la fiscalía francesa, la fiscalía suiza y de la DEA durante el mandato de Biden; mentir es el insoportable recurso del Gobierno para sobrevolar todas las evidencias de corrupción que le acosan.
Fue el 9 de marzo de 2021 cuando el consejo de ministros aprobó el rescate de Plus Ultra con 53 millones de euros, declarando a la compañía propietaria de un solo avión como relevante y estratégica (sic). Es ahora cuando se ha sabido que los dueños de la compañía celebraron con una mariscada el 1% de la comisión del rescate. Y es ahora cuando se ha sabido que toda la documentación que la SEPI ha facilitado a la UDEF no incluye la necesaria para que el expediente de rescate fuera aprobado por el consejo de ministros, entre otras, la que acreditara que la compañía venezolana estuviera al corriente de los pagos a la Seguridad Social. De confirmarse esta presunta deficiencia, el caso de tráfico de influencias, organización criminal, blanqueo de capitales y falsedad documental de la trama liderada presuntamente por Rodríguez Zapatero, se extendería a la posibilidad de encausar al mismísimo consejo de ministros, en el que participaban en aquella fecha no sólo los socialistas, también la extrema izquierda de Unidas Podemos: Pablo Iglesias, Yolanda Díaz, Ione Belarra, Irene Montero, Alberto Garzón y Manuel Castells.
Me di de baja del PSOE en el año 2000, la misma semana en la que Joan March, alma nacionalista del PSIB-PSOE, presentaba en Palma a ZP. No fue algo buscado por mí, fue pura casualidad. Abandoné el partido al que me afilié en 1974 por sus posturas nacionalistas y por la profesionalización de la política, un eufemismo para referirme a la corrupción interna, a la compra de votos a cambio de cargos públicos con los que la dirección ganaba los congresos, práctica generalizada y optimizada por Pedro Sánchez. Ganó ZP el Congreso del PSOE contra un Bono apoyado por González por 7 votos, respaldado por un Guerra con cuentas pendientes con su competidor, por el PSIB PSOE y por su tutor, el PSC. En la soledad del ostracismo he mantenido una posición crítica con las políticas divisivas de ZP. Contra su ley de igualdad de género; contra su política de apaciguamiento con ETA; contra la ley de memoria histórica que resucitó los enconos de la guerra civil que la Transición había enterrado; contra su alianza con el nacionalismo catalán. Todas ellas dirigidas a arruinar el legado de la Transición. Su alianza con el PSC primero («aceptaré lo que decida el Parlament») y con CiU después para reformar el Estatut, condujo a la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010 suprimiendo catorce de sus artículos, tomada como pretexto por Artur Mas para iniciar el camino a la independencia que se culminó en los sucesos de 2017. Su negativa a reconocer y afrontar la crisis económica de 2007 arruinó el país. No solo estuve en contra de su política, siempre me pareció un personaje falso e hipócrita, con sus aires de líder providencial y con sus apelaciones grotescas a las nubes, a la tierra del viento y demás sandeces que en la campaña electoral de 2023 esparció para perplejidad y regocijo de una militancia necesitada de desfibrilador ideológico. En aquel momento, se consagró como referente moral del PSOE de Sánchez. En junio de 2025, por Real Decreto de 24 de junio fue distinguido con la Gran Cruz de la Orden de San Raimundo de Peñafort por sus méritos relevantes en Justicia, Derecho y servicios prestados a la Administración pública. ¡Si Fèlix Pons, que poseía la Gran Cruz, levantara la cabeza!
Ahora bien, qué pasó para que un personaje al que catalogué como frívolo y demagogo, pero con ínfulas de reformador social de la patria, alcanzase el nivel de reconocimiento, no solo del PSOE, sino también de la extrema izquierda. Ahora todo son aspavientos y rasgado de vestiduras, pero entonces, exquisitos de la universidad como el catedrático Fernando Vallespín, columnista de El País, en plena efervescencia de la crisis política en 2011, la que propició el 15M, animaban, para solucionarla, a que los ciudadanos se afiliaran a los partidos políticos, cuando lo que explicaba la crisis era precisamente su corrupción. Gran aliado de ZP. ¡Ah, es que le había nombrado presidente del CIS! Ahora reniega y habla del fuste torcido de la humanidad. César Antonio Molina, ministro de cultura entre 2007 y 2009, ha asegurado estos días que siempre ha considerado a ZP una persona bastante incapaz: «lo consideraba tan incompetente que me resulta difícil imaginar que pudiera armar semejante estructura económica y sacar dinero; actuaba como si hablara a través de una voz divina, parecía creerse nombrado por Dios». González no ha querido ser menos, dice que lo ve incapaz de montar el quilombo de las comisiones por medio mundo. Aunque hay que reconocerle que él sí siempre que ha podido ha demostrado desdén por su gestión de gobierno. Ahora las críticas suenan cobardes, como lanzadas a moro muerto. Las pocas voces críticas que denunciamos la deriva demagógica y corrupta hemos sido descalificados con insultos; el menos hiriente, en mi caso y en el de Nicolás Redondo Terreros, de resentidos. Mientras escribo el último renglón de la columna la radio informa de la entrada de la UCO en la sede de Ferraz…
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