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Opinión

La isla bonita

Manifestación en apoyo del expresidente de Cuba Raúl Castro este viernes, en La Habana (Cuba).

Manifestación en apoyo del expresidente de Cuba Raúl Castro este viernes, en La Habana (Cuba). / ERNESTO MASTRASCUSA / EFE

Hablemos claro de Cuba. El régimen solo se mantiene por la represión y el temor, ajeno a la idea de equidad que defiende. El problema no es solo que no haya combustible para coches y camiones, ni siquiera hay alimentos suficientes para garantizar a la población mil calorías al día. En los hospitales de La Habana se han suspendido las cirugías y las intervenciones humanitarias se cancelan por falta de medicamentos y utensilios tan básicos como el oxígeno o la electricidad. En las casas no hay gas para encender las cocinas, se utiliza leña cuando la hay. Hasta el turismo ha desaparecido, por lo que solo las remesas que vienen del extranjero mantienen al país antes de caer al abismo. Más de la mitad de los cubanos que siguen en la isla reciben apoyo exterior, en lo que es la mejor metáfora de que nada funciona dentro.

Hace años que Cuba ha dejado de ser una isla bonita. Buena parte de la sociedad solo espera que algo pase. La cuestión es si la deriva por la que EE.UU. quiere intervenir tiene sentido o responde solo a los intereses de la Casa Blanca y no a las necesidades de la isla. La acusación criminal contra Raúl Castro por el ataque a unas avionetas espías hace tres décadas es un crimen menor comparado con todas las lanchas que ha fulminado Trump en el Caribe sin permiso ni ley, pero abre la puerta a una intervención. Sin haber conseguido una victoria en Irán, tal vez Trump esté buscando una victoria más fácil en Cuba. Le bastaría con invertir lo que le cuesta un solo día de guerra contra los ayatolás -unos 2000 millones de dólares-para proveer los alimentos y la energía necesarios a los cubanos todo un año. ¿No sería esta una victoria contundente?

Un gesto más humano tal vez haría más permeable al régimen y más fuerte a la sociedad para buscar una transición. El problema es que, en Florida, donde los latinos en el exilio piden mano dura, dejarían de votarle a seis meses de las elecciones de medio mandato. Un dato más para pensar que lo que espera a la isla no va a ser especialmente bonito.

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