Opinión | Tribuna
Maestros y médicos
La educación y la sanidad son dos pilares fundamentales de nuestro país. Consentir su deterioro es una irresponsabilidad que nos aboca a un desastre colectivo

FOTOS | Así ha sido el segundo día de la huelga de médicos en Baleares / Simebal
La educación y la sanidad son dos pilares fundamentales de nuestro país, reconocidos por la Constitución Española. Consentir su deterioro es una irresponsabilidad que nos aboca a un desastre colectivo. Los maestros han llegado al límite de su paciencia. La época que les ha tocado está siendo cruel con ellos. Sus salarios no se corresponden con la responsabilidad que asumen. Las ratios reales de alumnos por profesor no coinciden con las ratios oficiales. El número de alumnos con necesidades especiales aumenta cada año a pesar de que no lo hace la dotación de recursos, lo cual crea un déficit operativo que solo se puede paliar recurriendo al voluntarismo de los maestros. La diversidad cultural plantea retos muy difíciles de atender. La toxicidad de las redes sociales genera impotencia e impone dificultades apabullantes. Los temperamentos violentos en las aulas son accesorios que vienen de serie y que reflejan la grosera sociedad en la que vivimos. En definitiva, enseñar se ha convertido en un querer y no poder; en un trabajo ingrato, arriesgado y mal pagado; sin embargo, de su solvencia sigue dependiendo el futuro de las nuevas generaciones. Ante esta contradicción, cómo no caer en el desánimo y el hartazgo.
Los médicos son elementos principales del sistema sanitario. De sus conocimientos, habilidades y esfuerzo cotidiano depende la salud de todos. Sin embargo, a menudo se olvida que llegar a ser médico es el resultado de un proceso largo y exigente:
1) Ser un estudiante brillante en la etapa escolar.
2) Alcanzar una nota de corte excepcional en la selectividad.
3) Estudiar seis años de carrera y otro más preparando el examen MIR.
4) Dedicar cuatro o cinco años a formarse en una especialidad: un sacrificio ante el cual palidece el esfuerzo de cualquier «emprendedor» arrogante.
5) Estar dispuesto a seguir estudiando el resto de la vida.
Lo lamentable es que la recompensa que obtienen a cambio es que se les trate como piezas de un tablero en el que se hace ver que no hay más que peones. Llegados a este extremo, ¿quién convencerá a las nuevas promociones de médicos (y farmacéuticos) de que no han sido víctimas de un engaño fenomenal cuando, el mismo Estado que les ha pedido estar entre los mejores y les ha exigido como a pocos, les trata sin ninguna consideración (con respecto a sus homólogos europeos o a otros sectores como el tecnológico o el financiero). ¿Qué sentido tiene entonces tanto esfuerzo?
Cuando un país padece disfunciones de este calado en sus estructuras fundamentales y se permite ignorarlas, sin que nadie diga «¡basta!», algo muy grave está pasando. Acostumbrarse a convivir con ellas, sin voluntad de solucionarlas, es irresponsable y suicida, y una muestra más de la ineptitud ejecutiva, trufada de desfachatez, de quienes han hecho del parasitismo de la Administración uno de los oficios más lucrativos que existen. Pero ¿por qué pierdo el tiempo haciéndome mala sangre? ¿Acaso no están aquí el verano, las vacaciones, los turistas, el Mundial, las romerías, los encierros y demás jaranas? Pues ¡que la orquesta siga tocando para solaz de empresarios y políticos complacidos, mientras la tripulación se ahoga!: bajos salarios, crisis habitacional, chabolismo, caravanismo, hacinamiento, gentrificación, servicios públicos desbordados, colapso del tráfico y extranjeros sin papeles que son tratados como esporas de un hongo maligno que trae el viento. Si un país es algo así como un organismo vivo, la situación de España, y la de Balears en particular, se debería considerar agónica, tan graves son los males que nos aquejan y tan torpes los remedios que se aplican. Sin embargo, el moribundo sigue ante el espejo, dándose colorete sobre las úlceras, como un risible calavera que no quiere admitir su funesta realidad.
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