Opinión | ENTREBANCS
A qué se llama progreso social
La ola de la indignación lleva tiempo tomando cuerpo. Dos viejas señales. Por un lado, los niveles de desconfianza de los ciudadanos hacia sus gobernantes y por otro la gran crecida de la desigualdad y la quiebra paulatina del pacto social

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A diferencia de otras épocas, vivimos hoy en una sociedad amenazada por múltiples catástrofes como las pandemias, la crisis energética, la climática o la medioambiental. Sin pasar por alto actores exteriores (la guerra en Ucrania, provocada por la Rusia de Putin) que intenta poner en jaque a nuestros modos de vivir, o la multiguerra orientada por Estados Unidos, Irán, Israel y socios. Todo ello aumenta la sensación de descontrol sobre el mundo que parece discurrir al margen de nuestra voluntad política, léase nuestra incapacidad para llevar a cabo las imprescindibles transformaciones políticas y socioeconómicas.
¿A qué se llama progreso social? A la evolución de la sociedad hacia un escenario ideal que repercute positivamente en el bienestar de las personas. Imputs relacionados con la nutrición, la formación, el acceso a la vivienda, el nivel de seguridad, perspectivas de futuro, la sostenibilidad, inclusión y tolerancia, así como el acceso en igualdad de oportunidades a los servicios públicos básicos.
¿Cómo afecta el crecimiento económico al progreso social? Repercute de manera constructiva en el desarrollo social de un pueblo. El factor financiero y la estabilidad económica aportan un estilo de vida a las familias e incrementa la tranquilidad emocional en relación con el futuro, creando mejores oportunidades para el consumo y el ahorro. Sin embargo, centrar el progreso únicamente en lo económico implica ignorar la importancia del enfoque que pone en el centro al progreso social.
Hoy se han alterado profundamente los objetivos del contrato social que rubricaron las fuerzas de la izquierda (socialdemócratas) y de la derecha (democristianos) tras la II Guerra Mundial, que formalizaron unas reglas del juego para la convivencia política. Y también en el ámbito económico (el empresariado) y social (los sindicatos), priorizando el progreso social, para alcanzar la combinación más adecuada entre el Estado y el mercado, con el objetivo de que toda práctica política se basara en la búsqueda de la paz, el pleno empleo y la protección de los más débiles a través del estado de bienestar. Quedó claro que la única estrategia con éxito era aquella que excluía cualquier retorno al estancamiento económico, la depresión, y la desigualdad.
Hoy, ¿es posible crear un clímax que posibilite y facilite la reconciliación entre la economía de mercado, el progreso social y la democracia plural?
Primero. Una mejor gestión macroeconómica para estabilizar la economía y acabar con el recurrente ciclo maníaco-depresivo, con fases de fuerte expansión y creación de empleo seguidas por otras de intensa caída y destrucción. Los más perjudicados por este comportamiento bipolar son los más débiles.
Segundo. La pobreza y la desigualdad no vienen solo de los bajos salarios sino de los precios superiores a los costes que pagan los hogares españoles por muchos de los servicios y bienes de consumo. Eso es otra forma de decir que son un problema grave de eficiencia.
Tercero. Poner el foco en los factores olvidados del crecimiento, la productividad y el empleo. Las políticas están sesgadas hacia la desregulación y precarización del mercado de trabajo. Hay que equilibrarlas prestando atención al liliputismo empresarial, al modelo de empresa jerárquico y tradicional y al clima social.
Cuarto. Democratizar la democracia para que las políticas respondan al bien común y puedan reducir la desigualdad y la pobreza. Y también escribir el manual de funcionamiento del Estado de las Autonomías, que dé flexibilidad para responder al mayor apetito de autogobierno de algunas comunidades, sin que este implique privilegios en cuanto a la igualdad de oportunidades de todos los españoles en el acceso a los servicios públicos básicos.
Para concluir: La ola de la indignación lleva tiempo tomando cuerpo. Dos viejas señales. Por un lado, los niveles de desconfianza de los ciudadanos hacia sus gobernantes y por otro la gran crecida de la desigualdad y la quiebra paulatina del pacto social. O se revierten estas tendencias, o vendrán los fanáticos agitando sus banderas y construyendo muros reales y figurados. n
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