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Opinión | Tribuna

Dar una imagen «respetable»

La sociedad tolera con naturalidad carnavales de tanga y pluma en espacios heteronormativos, pero reacciona con mayor severidad cuando la estética pertenece al colectivo LGTBI

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El pasado 17 de mayo fue el Día Internacional contra la LGTBIfobia, un día que todavía hay que señalar en el calendario para concienciar sobre la discriminación y abusos que todavía padecen las personas LGTBI. Cuesta entenderlo, hay actos contra el colectivo que aún persisten y no tienen explicación alguna. Un ejemplo reciente, la agresión homófoba hacia Miquel Gili Ferrer, un comerciante del mercado de Pere Garau, el pasado mes de abril.

Pero más allá de las agresiones, insultos y discriminaciones, hay algo todavía más sutil. Es frecuente aún oír que se está «a favor» del colectivo porque se tiene un amigo o amiga homosexual, pero que no se tolera o no se está de acuerdo con las expresiones públicas o celebraciones «escandalosas» del colectivo, porque «además, no les ayudan en nada». ¿Les suena?

Teniendo en cuenta también que dentro de casi un mes celebraremos el Día del Orgullo, me pregunto si este debate que reaparece cada cierto tiempo no sea, en algunos casos, otra forma de LGTBIfobia. Se habla de excesos, de provocación innecesaria o de que ciertas imágenes no ayudan a mejorar la percepción social del colectivo. Me pregunto si detrás de tanta prudencia estética, no seguirá escondiéndose una forma más sofisticada —y por tanto más difícil de señalar— de LGTBIfobia.

El argumento de que determinadas conductas perjudican la imagen del colectivo suele partir de una idea aparentemente pragmática: para lograr aceptación social conviene ofrecer una imagen respetable, moderada y fácilmente asimilable por la mayoría. Desde esta lógica, las fiestas más transgresoras o con ciertas estéticas más extravagantes serían contraproducentes porque alimentarían prejuicios ya existentes.

Sin embargo, este razonamiento merece ser analizado con cautela. En primer lugar, porque rara vez se exige al mundo heterosexual representar una imagen homogénea o ejemplar. Nadie concluye que ciertas conductas de personas heterosexuales definan a toda la heterosexualidad. Por otro lado, muchas veces la crítica no se dirige únicamente a los excesos, sino a la propia incomodidad que genera la visibilidad LGTBI cuando se sale de los márgenes considerados aceptables. Lo «escandaloso» no siempre es el comportamiento en sí, sino quién lo protagoniza. La sociedad tolera con relativa naturalidad festivales, carnavales de tanga y pluma, despedidas de soltero descontroladas o hipersexualización en múltiples espacios heteronormativos, pero reacciona a veces con mayor severidad cuando la estética o la sexualidad visible pertenece al colectivo LGTBI.

Eso no significa, naturalmente, que toda crítica sea automáticamente LGTBIfóbica. Claro que se ha de poder debatir sobre mercantilización, sexualización, estética o convivencia en espacios públicos. Negar cualquier posibilidad de crítica sería empobrecer la conversación, más si los parámetros de juicio son universales, sin sesgo alguno. El problema viene cuando el debate desliza la idea de que ciertas personas deberían expresarse con más discreción para resultar aceptables.

Es posible que, en algunas mentes, la supuesta preocupación por la imagen del colectivo funcione como una forma elegante de proponer invisibilidad. Se acepta al colectivo siempre que no incomode, no desafíe normas culturales y no exprese demasiado aquello que históricamente se le obligó a ocultar.

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