Opinión | tribuna
¿Y si el próximo President fuera hijo de alemanes?
Debajo del debate político y económico sobre el turismo en Mallorca existe una cuestión mucho más profunda: nuestra capacidad de integrar a quienes viven aquí, trabajan aquí y sienten esta tierra como propia

Dos turistas con maletas caminan por el Passeig del Born de Palma / Redacción Digital
¿Nos podemos imaginar a un alemán, hijo de alemanes y nacido en Mallorca como President del Govern de les Illes Balears?, ¿sería algo negativo, positivo o neutral?, ¿nos conviene o no nos conviene?, ¿es uno de los nuestros?
La pregunta puede incomodar. Y precisamente por eso merece ser formulada. Porque debajo del debate político y económico sobre el turismo en Mallorca existe una cuestión mucho más profunda: la identidad cultural de la isla y nuestra capacidad de integrar a quienes viven aquí, trabajan aquí y sienten esta tierra como propia.
Algo parecido acaba de ocurrir en Alemania. El Land de Baden-Württemberg —uno de los motores económicos del país— acaba de nombrar como presidente a Cem Özdemir. Sus padres llegaron desde Turquía en los años 60 como trabajadores invitados. Él nació y creció en Alemania. Habla un alemán impecable, domina el dialecto suabo y ha desarrollado una carrera política ejemplar dentro del Partido Verde, llegando a ser ministro federal de Agricultura.
Hace cuarenta años, una noticia así habría provocado un terremoto político y cultural en Alemania. Hoy sigue generando debate, pero cada vez más ciudadanos lo ven con naturalidad. No porque haya desaparecido la identidad alemana, sino porque se ha ampliado la idea de quién puede formar parte de ella.
Y ahí aparece una pregunta incómoda para Mallorca: ¿Qué significa hoy ser mallorquín?
Porque la realidad es que miles de personas nacidas fuera —o hijos de personas nacidas fuera— forman ya parte inseparable de la isla. Algunos llegaron de la península, otros de Alemania, Marruecos, Reino Unido, latinoamérica o Senegal. Sus hijos estudian aquí, hablan castellano, mallorquín, alemán o inglés con naturalidad. Juegan en nuestros equipos, trabajan en nuestras empresas y probablemente construirán el futuro económico y social de Baleares.
Sin embargo, seguimos utilizando muchas veces ese lenguaje mental de «nosotros» y «ellos». El turista es «ellos». El extranjero residente es «ellos». El comprador alemán es «ellos». Y la realidad es que, en Mallorca, ese «ellos» empieza a representar una parte enorme de la realidad cotidiana.
Debajo del actual debate sobre el crecimiento turístico sostenible existe una tensión cultural profunda. La sensación de pérdida de identidad, de saturación y de falta de control sobre el propio territorio es real y merece respeto. Pero quizá la solución no pueda consistir únicamente en restringir. Probablemente también necesitemos reconstruir e integrar.
La primera idea es restringir. Evidentemente hay límites físicos y medioambientales. Mallorca no puede crecer infinitamente. El agua, las carreteras, la vivienda y los espacios naturales tienen una capacidad limitada. Ignorar esto sería irresponsable. Alemania conoce bien este debate. Allí también existe una enorme sensibilidad ecológica, especialmente en regiones como Baden-Württemberg. La protección del paisaje no se considera un lujo, sino una obligación moral hacia las futuras generaciones.
Pero restringir por sí solo suele generar frustración y parálisis. Cuando una sociedad únicamente prohíbe, acaba transmitiendo una sensación de decadencia. Y Mallorca necesita también una visión positiva de futuro.
Ahí entra la segunda idea: reconstruir.
En muchas zonas de Alemania existe una cultura urbanística diferente. No se trata simplemente de conservar todo como está, sino de derribar lo que funciona mal y volver a construir mejor. Barrios enteros se renuevan con criterios modernos de sostenibilidad, eficiencia energética y calidad de vida. Lo viejo no se sacraliza automáticamente.
Mallorca arrastra urbanizaciones deterioradas, hoteles obsoletos y construcciones de baja calidad heredadas de décadas de crecimiento rápido. Quizá parte de la solución no sea añadir más, sino sustituir inteligentemente. Menos volumen, más calidad. Menos cemento improvisado, más planificación. Menos cantidad y más valor añadido.
Y finalmente aparece el tercer elemento, probablemente el más importante: integrar.
No ver al turista únicamente como enemigo o invasor, sino como posible parte integrante de la sociedad. Esto puede sonar ingenuo, pero quizá sea exactamente lo contrario: puro realismo.
Alemania ha descubierto, no sin dificultades, que la integración no significa borrar la identidad local, sino fortalecerla hasta el punto de que otros quieran formar parte de ella. Cem Özdemir no dejó de ser hijo de inmigrantes turcos. Pero también se convirtió plenamente en alemán. Ambas cosas pueden coexistir.
Mallorca podría aspirar a algo parecido. Que quien venga aquí no viva simplemente como consumidor de sol y playa, sino como participante de una cultura, un paisaje y una comunidad. Eso exige esfuerzo mutuo. Exige respeto por parte de quien llega y también apertura por parte de quien recibe.
Tal vez el verdadero desafío de Mallorca no sea únicamente cuántos turistas llegan, sino qué tipo de sociedad queremos construir alrededor de ellos.
Porque la pregunta importante no es si un hijo de alemanes nacido en Mallorca podría algún día presidir el Govern balear. La pregunta importante es si seríamos capaces de verlo simplemente como una persona de aquí.
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