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Opinión

Ojo, que viene

Ensayo del eclipse en Playa de Palma.

Ensayo del eclipse en Playa de Palma. / Manu Mielniezuk

Llevo semanas buscando en casa un catálogo sobre el eclipse total de finales del XIX o principios del siglo pasado: hubo expediciones a distintos lugares para su estudio científico –también a Mallorca– y se publicaron opúsculos y monografías especializadas, además de los consabidos artículos periodísticos. Pues bien: ese catálogo –que reunía varios de aquellos trabajos– me ha desaparecido. Yo aún diría más: se ha eclipsado. Y lo he buscado con tal denuedo que he llegado a pensar que esa publicación no había existido nunca y me la había inventado yo. Aun así, recuerdo sus cubiertas color sepia oscuro, sus letras amarillas, e incluso algunas fotografías con largos catalejos y telescopios, y ropa, digamos, deportiva de la época: hoy daría para un pase de modas en un cottage de la campiña inglesa. Porque los recuerdos no se los inventan sólo los caraduras dedicados a falsificar su pasado; cuando la edad avanza las neuronas juegan al pin-ball con todos nosotros.

Un eclipse de sol, antes de que la ciencia fuera la sustituta de los dioses, era una maldición. Podía ocurrir que la luz del sol no regresara jamás o que la oscuridad que se cernía sobre nuestras cabezas fuese un castigo de esos mismos dioses, tan caprichosos, crueles y juguetones con los humanos. Los sacerdotes y astrólogos lo aprovechaban para aumentar su poder metiendo miedo: como ahora con las pandemias y otros bichines. De momento podemos pensar que el eclipse de Zapatero ante sus seguidores y admiradores –un eclipse bastante considerable, por cierto– tal vez sea otra señal de lo que se nos viene encima. Lo digo porque las colas de espera ante el eclipse de este verano son en Mallorca preocupantes, como todo el mundo sabe: la invasión de los zombis se queda corta. Y La Balanguera, fila que te filaras, ya ha empezado a tejer bolsas para recoger los beneficios económicos que, tal Cuerno de la Abundancia, lloverán sobre nosotros porque somos más listos que nadie, ja, ja.

Y al pensar en hacer caja sin esfuerzo, se olvida la maldición de Tutankhamon, cuando en cuestiones solares y astronómicas nunca hay que olvidar a los egipcios. Las enfermedades que contrajeron Howard Carter, lord Carnarvon y sus acompañantes –aquellos que cruzaron el umbral de la tumba del faraón– fueron el modelo que usó Hergé para los terribles ataques nerviosos que sufrían los científicos y arqueólogos que habían traído a Occidente la momia del emperador inca Rascar Capac. No creo que haya personas sensatas que no conozcan las aventuras de Tintín, pero refrescaré los títulos al respecto: Las siete bolas de cristal y El templo del sol. Hay que tenerlos a mano a medida que se acerque el eclipse y bien le hubiera ido a la presidenta de Madrid acordarse de ambos álbumes antes de viajar a México (se la ve un poco desmejorada, pero no sé si es por el mal de Moctezuma, o por M.A.R., el consejero áulico que cada vez se parece más a un primo lejano de Koldo). Hergé sigue interpretándonos décadas después de muerto y esto va en serio.

Pues bien: todos los ansiosos del eclipse, más los que van a sacar tajada económica del mismo en forma de astronómicos alquileres de apartamentos, pisos y pisets, casas, balnearios playeros, restaurantes, pizzerias y parcelas no piensan que detrás de tan súbita fortuna puede esconderse también la maldición de Tutankhamon, que por algo acababa en ‘amon’; o sea Amon-Ra, el dios del Sol, o el dios Sol, como prefieran. Siempre en clave faraónica. Total: que se empieza haciendo caso a Nietzsche y su muerte de Dios y se acaba consultando la carta astral, adorando con posturitas al sol en el ocaso, y esperando el eclipse para darle una sacudida mística a la propia vida, que falta nos hace. Nada que no haya ocurrido anteriormente. Aunque aquí, cobrando, no vayamos a perder las buenas costumbres.

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