Opinión
Aquello de lo que no logramos hablar
El pasado 29 de abril, un compañero del periódico perdió a su padre. En el momento de escribir ese verbo, perder, me doy cuenta de cómo a veces empleamos el lenguaje como un subterfugio frente al dolor. Esa sería una de las definiciones, las más frecuente, de eufemismo, una palabra que se usa en lugar de otra para evitar el daño que esta provoca, a nosotros o a quienes nos rodean. Ese compañero sí ha perdido a su padre; es decir, ya no tendrá a ese «ser relevante, al que se está unido especialmente por lazos de afecto o de parentesco», según la segunda entrada de ese término en el Diccionario. Pero yo no he decidido construir esa frase así, un compañero del periódico perdió a su padre, para describir la ausencia a la que en adelante deberá enfrentarse, ese enorme hueco que ha dejado en su vida y que nunca podrá volver a rellenar. Lo he hecho para no tener que conjugar el verbo morir, pues es la única forma de poder esquivar la muerte.
No es una reflexión propia, sino un hallazgo, algo que descubrí en un libro muy especial que comencé a leer después de darle a ese compañero el pésame, me he enterado de lo de tu padre, otro giro lingüístico para evitar la muerte. Durante la breve charla que mantuvimos, en la que él trató de contener la emoción, eso nos han enseñado, sobre todo a ellos, no muestres tus sentimientos en público, me contó que había podido despedirse de su padre, decirle cuánto lo necesitaba antes de que falleciera, y que, con dos niños pequeños en casa, esos días, los de la pérdida, habían sido aún más difíciles de gestionar, ¿debían contarles que su abuelo había muerto?, ¿cómo hacerlo, con qué palabras? Fue entonces cuando me acordé de ese libro, el del hallazgo. Se titula Cómo hablar de la muerte a los niños y es obra de Delphine Horvilleur, también autora de Vivir con nuestros muertos, uno de los textos más iluminadores que he leído sobre el duelo. No lo elegí para mí, sino para regalárselo a mis sobrinos, que ahora tienen 8 y 6 años y llevan conviviendo con la muerte de seres queridos desde que nacieron. En él, Horvilleur asegura que «la muerte no es lo contrario de la vida, sino del lenguaje. Es aquello que se escapa a las palabras, a las definiciones y a las explicaciones. La muerte es aquello de lo que no logramos hablar».
Su escritura la inspiró «un momento muy particular» que vivió en una conferencia que dio a un grupo de niños y adolescentes. De repente, una pequeña levantó la mano y, con voz segura, le preguntó: «En tu opinión, ¿qué hay que hacer si sabes que alguien ha muerto, pero tus padres no te lo dicen? ¿Crees que debería decirles que lo sé o bien hacer como si no lo hubiera entendido?». Acababa de revelar «el secreto mejor guardado de muchas familias»: los niños saben lo que los adultos ocultamos. Me ha costado mucho comprenderlo, pero ahora sé que, como sostiene Horvilleur, no se puede «aprender a morir, ni a encajar con serenidad la desaparición de un ser querido, pero es posible, a cualquier edad, aprender a vivir siendo conscientes de aquello que la muerte moldea en la existencia humana». Juguemos, por tanto, también con nuestros niños, «a que… hablar de la muerte nos hace más fuertes».
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