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Opinión

El PSOE puede sobrevivir

Un candidato sin partido es preferible a un partido sin candidato, los socialistas han quebrado la continuidad en tiempos en que los liderazgos no se dejan esperar

Felipe González

Felipe González / José Luis Roca

Para empezar con un chiste, recuerde siempre que el sabelotodo Felipe González consideraba que Susana Díaz era la persona ideal para seguir sus pasos al frente del PSOE, un lince. Entretanto, el mundo entero demuestra que un candidato sin partido es preferible a un partido sin candidato. La moda florece con la Forza Italia de Silvio Berlusconi en los noventa, pero queda elevada hoy a una posición dominante en el concierto democrático.

Giorgia Meloni continúa la tradición rupturista con los Fratelli, aunque nadie como Emmanuel Macron, que se emancipa súbitamente de Hollande y crea el movimiento En Marcha con sus iniciales jupiterinas. El resultado es una década en el Elíseo, a trancas y barrancas. Nadie diría que Donald Trump es Republicano, mientras Reunión Nacional, Alternativa por Alemania o el Reform UK de Nigel Farage calientan por la banda. Aunque no han gobernado, todos albergan expectativas fundadas. El exsocialista Orbán se inventó una siglas, al igual que hizo su spin-off Péter Magyar para derrotarle en Budapest. El nuevo primer ministro búlgaro Rumen Radev también inventó una Bulgaria Progresista, en un plazo de días. En síntesis, las líneas ideológicas tradicionales de conservadores o socialdemócratas empiezan a ser la excepción predigital.

Se aterriza así en la realidad española, donde el único motivo de orgullo que le queda al PSOE consiste en que la magnitud de sus descalabros sea más absorbente que las victorias siempre insuficientes del PP. Conviene recordar que los socialistas pueden sobrevivir, omitiendo los interrogantes protectores pero cobardes. Y matizando que la supervivencia no equivale a una resurrección, porque el partido que más ha gobernado España en toda su historia también ha perdido la dimensión épica.

La despreocupación se pega y se paga. Al PSOE le cuesta metabolizar que, dada su peliaguda situación, sería preferible que no gobernara para desviar la atención mientras se regenera. Después de las cuatro elecciones autonómicas frustradas, no tiene sentido utilizar las palabras Sánchez y victoria en una misma frase. Sin embargo, el secretario general ha monopolizado al partido hasta desfigurarlo con sus facciones. No hay nadie más, los socialistas han quebrado la continuidad dinástica en tiempos en que los liderazgos no se dejan esperar.

Sánchez aseguró que solo se quedaba para impedir la llegada de Vox, y la influencia de la ultraderecha se ha multiplicado desde que emitió su noble propósito. El gesto presidencial ha sido tan sacrificado y estéril como la dimisión de Pablo Iglesias para frenar a Díaz Ayuso. Con la perspectiva de los dos años transcurridos, el presidente del Gobierno debió abandonar cuando se concedió los cinco días de insólita reflexión. Se preguntaba si «merece la pena» permanecer en el cargo, ni el país ni su partido pueden acompañarle en la respuesta afirmativa tras aquel suspense deliberativo.

La realidad no admite contrafactuales, pero es probable que la dimisión de Sánchez hubiera propiciado el desembarco atropellado de PP/Vox. Guiándose por las credenciales de ambos partidos y de sus líderes respectivos, la palabra desilusión apenas si abarcaría la valoración actual de su gestión compartida. El PSOE se encontraría en una peripecia más favorable para afrontar los compromisos electorales, desligado de ataduras y con una oposición simplificada ante los desmanes de los rivales.

En su actual tesitura, el PSOE tiene tantas facturas por abonar que es lógico plantearse si está en quiebra o solo con los pagos/votos suspendidos. La ligereza de la formación, al afrontar la situación agónica, sorprende en tiempos en que los partidos más acrisolados se hunden sin dejar rastro. Los porcentajes que alcanzaban los socialistas eran inaccesibles para partidos de bricolaje, pero sus márgenes actuales en los veintes por ciento están al alcance de cualquier navegante arrojado con un mínimo de carisma. Adelante Andalucía acaba de demostrarlo, la perspicacia de los electores queda acreditada al no haberse desviado hacia la trampa hueca de Por Andalucía.

O los dirigentes del PSOE disimulan muy bien, o la perspectiva de una amenaza existencial no preocupa en exceso a los dirigentes del partido. La Moncloa estimula los fenómenos paranormales, difunde una sensación de invulnerabilidad. Quizás es apócrifa la frase de González blasfemando que «estoy hasta los cojones de los españoles», pero describe la atmósfera reinante. Con el monolítico Sánchez, desempeñar un ministerio se ha convertido en un dato curricular negativo. Cuando se difunden nombres como Carlos Cuerpo u Óscar Puente, antes de que descarrilara en Adamuz, la reacción ni siquiera apunta al estupor. Solo al cansancio.

Hay un momento dulce en los inicios de un Gobierno, en que todas las críticas le rebotan al margen de su gravedad. Con la erosión, cualquier dardo hiere al Ejecutivo de muerte, al margen de su levedad. El PSOE se juega la supervivencia con frialdad y frivolidad. Si Florentino se ha planteado a Mourinho para arrancar al Madrid de un colapso semejante, hasta González es una opción a valorar.

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