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Opinión | La suerte de besar

Soy borrega

Pensamos que tenemos personalidad y carisma, pero solo respondemos a los designios de las marcas

Seguiré bebiendo kéfir

Seguiré bebiendo kéfir / DM

Como mujer de obsesiones que soy, ahora siento pasión por el kéfir. Empecé con un puñadito de nódulos que fermentaban un bote con leche. Mi vida fue sencilla durante un tiempo. Por la tarde, fermentaba. Por la mañana, consumía. Fue un ciclo perfecto hasta que la cosa se desbocó y mi cultivo simbiótico se ha cuadruplicado. Ya no me bastan dos litros de leche diarios. Mis búlgaros quieren más y yo no doy abasto. Convivo con tres mascotas: mi perra, mi gata y mis microorganismos vivos y cargados de probióticos. Todo sea por la microbiota.

He compartido mi nuevo hobby con varias personas y, oh, cielos, cuál fue mi sorpresa al descubrir mi falta de genuinidad: tres de cada cinco contertulios hacen lo mismo. Así que, todo apunta a una campaña orquestada para que la población cambie sus hábitos alimenticios. Da igual si es kéfir, chucrut o col lombarda. El agujero negro del consumo funciona siempre igual. Un día lees una noticia sobre los múltiples beneficios del producto y, al cabo de una semana, ves botes de colores llamativos en el refrigerador del supermercado y te llevas tres porque no vaya a ser que se acaben rápido. Un mes después, una influencer comparte lo bien que se siente al tomarse un vasito del alimento en ayunas y, finalmente, un señor ataviado con una bata blanca te aconseja que, si quieres tener buena salud intestinal y rozar la inmortalidad, es imprescindible consumirlo. Y, zas, ya estamos dentro.

Reconozco que, como presa, estoy tiradísima. Un prototipo sencillo de público objetivo para la mayoría de las marcas. Mujer de más de 50 que cuida su salud, le gusta su trabajo y prioriza su vida familiar. Alguien que quiere sentirse bien con su físico y su psique, pero que considera innecesario seguir los pasos de Demi Moore y que, a pesar de gustarle la moda, no invierte demasiado en ella. Mujer que podría llegar a renunciar a la segunda reposición de pan, aunque jamás dejaría de disfrutar de unos entrantes y de una copa de vino. Dicho esto, soy una borrega de manual que sigue al flautista de Hamelin de una serie de productos y servicios definidos. Y, como yo, muchas. Hacemos ejercicios de fuerza y los combinamos con cardio, yoga y pilates. Tomamos suplementos basados en triptófano, ashwagandha y omega-3. Priorizamos la riqueza y variedad de nuestra microbiota, bebemos infusiones de jengibre y no salimos de casa sin untarnos con protector solar. Si hay que ponerse pantalones anchos, nos los ponemos y, si la tendencia dice que el pitillo es lo más, lo elevamos a ley. Da igual si nuestras piernas parecen las de un gorrión y no podemos respirar porque la cremallera es exigente. Pensamos que tenemos personalidad y carisma, pero solo respondemos a los designios de las marcas.

Personalmente, me da igual. Seguiré bebiendo kéfir y tomando cardo mariano, pero me preocupan los jóvenes. Esos que piensan que son auténticos, valientes y creen ser librepensadores porque cuestionan la democracia, colocan a una raza por delante de las otras, hablan de dictaduras con nostalgia, critican el ordenamiento, los avances sociales y atacan al contrario con insultos. Detrás de todo ello hay una gran campaña de marketing y propaganda que, como mi kéfir, comenzó siendo enana y ha acabado invadiendo mi nevera.

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