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Opinión

León en España

El Papa León XIV durante un acto en el Vaticano.

El Papa León XIV durante un acto en el Vaticano. / EUROPA PRESS

Después de desearlo tanto, el actual Sucesor de Pedro visita España. Desearlo tanto que nos remite a todo el pontificado del entrañable Francisco quien, por razones un tanto conocidas, y silenciadas, se negó a dar el salto. De momento, y llamando la atención, Sánchez ya lo ha visitado sin que sepamos objetivamente por qué razón, ya que pueden ser un montón, pero sobresale su inmediata conferencia en el Congreso de los diputados: en nuestra actual situación, mucho más polarizada que cuando fraguó la visita, toda palabra cuenta, todo gestos analiza hasta el cansancio y, sobre todo, queda en el aire su relación manifiesta con las fuerzas gubernamentales, pero también con esos católicos a quienes el talante de León no gusta un pelo.

Personalmente, estoy muy satisfecho de que Prevost ponga bien España, con la seguridad de que «sus días» dejarán huella tanto religiosa como meramente cívica. Este hombre, desde una gran sencillez, siempre acaba por mostrarse como quien es: aquel que preside, en nombre de Jesucristo, a los católicos del planeta, que, en ocasiones, critican hasta qué punto prosigue, con propio estilo, las directrices de su antecesor. León es un tipo absolutamente discreto… pero no menos explícito en su dimensión doctrinal y social. Desde estas líneas, auguro unas intervenciones muy ligadas a cuánto vivimos en España, sin olvidar la cuestión medular de la paz mundial.

Uno, que sigue muy de cerca las palabras que suele dirigir a los sacerdotes y religiosos/as, ha caído en la cuenta de que este hombre insiste con la misma fortaleza en la urgencia de una «vida de relación con Dios» y «una vida de relación entre los hombres». Nadie puede criticarle que pondere más una cosa que otra, salvo los que tienen una visión predeterminada desde el principio. Porque tiene detalles paradójicos: en toda visita, da grave relevancia a momentos de oración en el sentido más clásico del término pero, a su vez, derrama una ternura no exenta de esa mirada algo huidiza que nos permite acceder a un margen de humildad inteligente y de humor muy evangélico. Para muchos, resulta molesto porque es implacable en sus opiniones, tal que se ha mostrado radicalmente defensor de los inmigrantes, sin escatimar la urgencia de organizar este asunto con la necesaria prudencia. Para otros, esos detalles visibles de respeto a la Tradición, que no significan lo mismo, les interrogan sobre un pretendido «progresismo»... Que intenta no moleste ni a unos ni a otros. Y aun así, en muchas ocasiones molesta.

Es lento en designar a los nuevos pastores del Pueblo de Dios, y me comentan amistades romanas, su ejemplar tarea consultiva en toda cuestión delicada. Ahora bien, una vez tomada una decisión, la ejecuta sin dejar lugar a dudas. Conoce perfectamente el «cuerpo episcopal», Presidente como fue de la Comisión de Obispos con Francisco, quien mucho lo apreciaba. Y está llevando a cabo una red de nombramientos solamente calificados con una palabra: los elegidos son «pastores» y «con olor a oveja». Un detalle que ojalá se imponga en el futuro como normal en el desarrollo eclesial. Me decía hace algunos días, un buen amigo que por defender a sus ovejas estaría dispuesto a cualquier cosa. Tal y como sucedió en la vida y persona del Señor Jesús. Sin estridencias, corre riesgos. Como es debido.

Nuestro episcopado tendrá una sugerente oportunidad de posicionarse junto a León, prometiéndole la obediencia debida. Porque, a fin de cuentas, nuestra Iglesia se remite al Señor Jesús a través de la persona visible de León, sucesor de Pedro. Y nosotros con él. Otra actitud sería irresponsable, incluso como ciudadanos.

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