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Opinión

Jordi Cubain Arenas

Jordi Cubain Arenas

Profesor de marketing

La ceja, el puro y el Falcon

José Luis Rodríguez Zapatero, en su reciente comparecencia en el Senado.

José Luis Rodríguez Zapatero, en su reciente comparecencia en el Senado. / José Luis Roca

La política ya no se entiende por los programas, los pactos o los presupuestos. Se entiende, sobre todo, por las imágenes. Por los gestos. Por los símbolos que se quedan pegados en la memoria colectiva como si fueran las calcomanías que salían en el Bollicao hace años. A José Luis Rodríguez Zapatero se le recuerda muchas veces por la ceja y su amabilidad en las formas. A Mariano Rajoy, por el puro y esa aparente resistencia pasiva ante el ruido. A Pedro Sánchez, por el Falcon, aunque el avión sea más metáfora. ¿Recuerdan la foto que compartió su equipo de comunicación con las gafas de sol en el avión con imagen perfecta del poder elevado, distante y presidencial?

Tres formas de comunicación política. Tres maneras de construir un personaje público.

Ahora que Zapatero vuelve a la primera línea informativa por su reciente imputación en el caso Plus Ultra, veremos a un personaje descontextualizado: el presidente de la sonrisa, del talante y de la ceja cultural regresa al escenario como investigado enfrentándose a la pena de banquillo.

Los ciudadanos no votamos ideas. Votamos relatos, percepciones y personajes. La política moderna funciona como una gran industria simbólica en la que cada líder necesita ocupar un lugar reconocible en la mente del votante, al que llamamos «posicionamiento estratégico». Y, para eso, hacen falta imágenes simples, códigos emocionales fáciles de descifrar: aquí aparecen los arquetipos.

Carl Jung explicó que los arquetipos son patrones universales que habitan en el inconsciente colectivo: el héroe, el padre, el sabio, el rebelde, el cuidador, el gobernante, el inocente... La comunicación política trabaja precisamente con ese material. No basta con ser candidato. Hay que representar algo y encarnar un papel.

Zapatero adoptó el arquetipo del cuidador progresista: el presidente amable, optimista y dialogante. Su comunicación apelaba al «buen rollo», a la sonrisa, a la promesa de una política menos áspera. La famosa ceja no fue solo un gesto de campaña. Fue una síntesis visual: cultura, progresismo, complicidad, adhesión emocional. No explicaba un programa, explicaba una tribu. Decía: estamos aquí, somos estos, sentimos de esta manera.

Rajoy, en cambio, representó casi lo contrario. Su arquetipo fue el del administrador resistente, el hombre que no seducía, pero aguantaba, el gobernante gris que parecía sobrevivir por paciencia más que por ciencia. El puro condensaba una forma de estar en política: esperar, dejar pasar, no sobreactuar, confiar en que el tiempo desgaste al adversario. Rajoy no comunicaba épica, comunicaba rutina. No prometía entusiasmo, prometía que el edificio no se vendría abajo del todo.

Sánchez, el animal político más grande que España ha visto, ha llevado la comunicación política a otro terreno: el del poder escénico. Su arquetipo es más complejo, mezcla de héroe superviviente, gobernante presidencial y actor principal de su propia serie basada en el hedonismo. El Falcon se ha convertido en la imagen perfecta de esa construcción: altura, distancia, control, estética de Estado, pero también desconexión. Sánchez no solo comunica desde lo que dice, sino desde la puesta en escena. Todo parece diseñado para reforzar la idea de un líder a punto de caer, que siempre encuentra una forma de seguir volando.

La política se ha llenado de portavoces venidos a más, perfiles entrenados para repetir mensajes, controlar titulares y modular indignaciones. Pocos se salvan. No parecen dirigentes con un proyecto, sino actores interpretando un papel. Se enfadan cuando toca enfadarse. Se emocionan cuando conviene emocionarse. Sonríen, niegan, atacan o empatizan según el manual de crisis de turno.

No se pretende que el ciudadano entienda, sino que identifique: este es de los míos; este me irrita; este me representa; este me provoca rechazo.

La política se reduce así a una galería de personajes polarizados y polarizantes: el moderado, el indignado, el patriota, el feminista, el gestor, el rebelde...

Y mientras tanto, el debate público se empobrece. Se discuten gestos más que mensajes o consecuencias. Se analizan tonos más que decisiones. Jung probablemente habría explicado muy bien esta deriva: cuando una sociedad deja de pensar críticamente, los arquetipos toman el mando.

Quizá el gran fracaso de la política actual no sea que comunique demasiado, sino que gobierne demasiado poco detrás de tanta comunicación.

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