Opinión | Desperfectos
Tempestad en Londres

El primer ministro británico, Keir Starmer / Europa Press/Contacto/Tayfun Salci
El sistema británico, que en un tiempo inspiró a no pocos países, padece de precariedad, con un estado del bienestar cuyos costes ninguna Hacienda puede asumir. Tanto que admiramos el modo bipartidista y el sistema electoral mayoritario para acabar viendo cómo unas elecciones locales dejan escorado al Partido Laborista sin que los conservadores sean el reemplazo. El deslizamiento electoral ha favorecido mucho al partido del brexit que lidera Nigel Farage y a los Verdes, mezcla de antisistema y voto islamista. El primer ministro Keir Starmer es el gran caído y escenificar su sustitución está siendo un espectáculo, incluso más cainita que la revuelta tory contra Margaret Thatcher en 1990. Por el momento, el exministro de Sanidad -Wes Streeting- y el alcalde de Manchester y sin escaño en los Comunes -Andy Burnham- parecen tantear un pacto para preservar la unión laborista, empeño arduo por definición. Puede haber sorpresas.
Starmer ganó las elecciones hace dos años, de forma abrumadora. Descalabró a los conservadores, que habían tenido el poder largo tiempo y lo habían ejercido con poco éxito. David Cameron fue primer ministro de 2010 a 2016: convocó el referéndum del brexit: el no le obligó a dimitir. Theresa May ocupó Downing Street tres años, intentó aplicar cierto sentido común al posbrexit, pero al final dimitió. Luego Boris Johnson dio el salto de la alcaldía de Londres a Westminster y duró no más de tres años. Liz Truss, bombardeada por la City, duró seis semanas. Rishi Sunak perdió las elecciones legislativas clamorosamente. La actual líder tory, Kemi Badenoch -más popular que su partido- intenta ahora reconstruir el motor y dar el paso de la política analógica a la digital, pero las insatisfacciones del electorado siguen sin buen diagnóstico.
Con la oposición en el limbo, ¿cómo ha podido Starmer arrimarse tanto al precipicio? Los candidatos a sustituirle aguardan en los boxes, pero ninguno parece capaz de mantener la unión del partido, con un procedimiento de sustitución muy enrevesado. Para comenzar, hay que contar con el apoyo de 81 diputados y tener escaño.
Se especula sobre todo tipo de arreglos entre facciones: el ala derecha con el ala izquierda; reagrupamiento de la nueva izquierda con lo que queda del poder sindicalista; demoscopia frente a mérito; pragmatismo frente a ideología; comunicación frente a experiencia; empatía frente a solidez. Nada nuevo, por lo que no extraña que nadie atienda a la responsabilidad de gobierno. Lo inmediato es el desgobierno. Curiosamente, Carlos III -en otros tiempos, considerado de poco juicio- mantiene la nave a flote y da lecciones de diplomacia en la Casa Blanca.
Mientras los laboristas se dedican a la lucha interna, Farage -presunto receptor de criptodonaciones- avanza con su pinta trumpista y unas intenciones políticas de alto riesgo. Si Starmer insinuaba una reaproximación a la UE, el partido de Farage predica lo contrario. Algo huele a extenuación en el sistema británico. Los inversores y la City toman nota.
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