Opinión
Dedicarse a la política, hoy

Xisco Ducrós, portavoz socialista en Cort. / EP
«Las democracias tienden, como todas las cosas, a la mediocridad». James Fenimore Cooper. Padre del romanticismo americano. Escritor norteamericano de los siglos XVIII y XIX.
Hace unos días, Francisco Ducrós Salvá, el hasta ese momento portavoz del grupo municipal socialista de Palma, anunció su voluntad de, salvo cataclismo, dejar la vida municipal el año que viene. Por ello abandonaba su cargo en cuanto a representación de partido a efectos inmediatos. La noticia, de entrada, no dejó indiferente: estamos hablando de un abogado de cuarenta y un años de edad y exsecretario general de los socialistas palmesanos. Además de ser tres legislaturas edil, tanto en el gobierno municipal como en la oposición. No eran pocos quienes, teniendo en cuenta su trayectoria, conocimiento de Cort y aceptación entre la militancia, le daban como candidato socialista «in pectore» a la alcaldía palmesana. Era el paso natural, hasta cierto punto lógico. Hasta la primavera pasada.
Extrañamente joven para abandonar la política. Más que ahondar en las puntuales circunstancias ( políticas, económicas y personales, de todo parece haber ) del caso, el hecho en sí nos debería hacer reflexionar sobre una cada vez incómoda pregunta: ¿quién se dedica a la política hoy en España? En teoría, la respuesta sería la que los líderes recitan de carrerilla: «los más válidos». Pero analizando las estructuras de todos los partidos del arco parlamentario español, nos damos cuenta de que, poco a poco, la brillantez ha ido desapareciendo de la escena. El goteo de abogados, economistas, arquitectos y capaces funcionarios de carrera hacia la política fue una constante a principios de la Transición. Pero (máxime en los últimos años), el flujo se ha invertido: según qué perfil huye de la cosa pública. Los escándalos de corrupción y la mala imagen podrían explicarlo.
Pero hay más razones. De entrada, la económica. Ante los sueldos que barajan ciertos despachos, los honorarios del sector público están desfasados. Un mercantilista, en un buen año, puede doblar e incluso triplicar el sueldo de un Secretario de Estado durante el mismo período. Teniendo el último muchas más responsabilidades que el primero, quien se ocupa de los intereses de sus defendidos. Otras profesiones liberales (cirujanos, auditores jurados, ingenieros, arquitectos) son menos agradecidas económicamente hablando. Pero si la comparamos con la paga y dedicación de un diputado, la diferencia a su favor puede seguir siendo notoria.
¿Están sobrevalorados los profesionales liberales o infravalorados los políticos? Visto en perspectiva, parece que es un poco de todo. Pero - fenómeno acelerado desde hace dos décadas - da la sensación de que quien se dedica a la cosa pública es porque no tiene nada más: hablamos de antiguos jóvenes consagrados a ella desde que acabaron los estudios. Fáciles peones para la cúpula. Van saltando de institución en institución -una legislatura en el Consell, otra en el Parlament, otra en un ayuntamiento, la siguiente en un cargo porque se gobierna, y así vuelta a empezar, hasta llegar a la jubilación- porque en la privada no encontrarán empresa alguna que les quisiera contratar con el emolumento que reciben del erario público. Con lo cual se va formando una casta, ajena a la calle en la mayoría de los casos. Afín al líder o lideresa: su sustento depende, básicamente, de su continuidad. ¿Renovación o primarias? Bellas palabras. La realidad es otra.
El tercer motivo por el cual la gente con cierto discurso propio ha vuelto la espalda a la cosa común es la poca empatía de sus liderazgos con aquellos que cuentan con opinión. En época electoral, las formaciones van pidiendo manifiestos de apoyo e inclusiones en las listas a personajes conocidos de la sociedad civil. Pero una vez pasados los comicios, las organizaciones políticas no quieren teóricos. Que filosofen, sean cultos y aporten ideas disruptivas en los congresos. Pocos casos se han dado de independientes que hayan cuajado en la vida del partido. La lista de políglotas o con MBAs caídos en desgracia - algunos, sin llegar a ocupar el escaño que ganaron - es vasta, a la par que potente. Tanto a la izquierda como a la derecha: nadie se salva de la indiferencia ante el talento.
En casos como el de Palma, el mensaje que se le da a la ciudadanía es, básicamente, el siguiente: hay una formación política que prefiere la fidelidad orgánica antes que una cierta innovación en los conceptos, apertura de mentes, idea de ciudad, colaboradores de nivel - mucho nivel, por cierto - y trazo propio. Veremos qué dice el cuerpo de electores.
La solución, el próximo mayo.
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