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Opinión | Al azar

Moreno Bonilla, el anticarisma

Juan Manuel Moreno Bonilla

Juan Manuel Moreno Bonilla / .

La historia no se repite pero rima: Cataluña estuvo presidida por el cordobés Montilla, y Andalucía lo está por el barcelonés Bonilla. Dos anticarismáticos de polos opuestos, no solo geográficamente hablando. El presidente andaluz ha demostrado que la mejor defensa es ningún ataque, funciona como un holograma al que atraviesan los dardos sin herirlo. Nadie es hoy así, se trata por supuesto de un montaje, pero le funciona a la perfección la gestualidad matizada de Adam Sandler, con el semblante siempre a punto de inspirar lástima.

Si el cargo de «jefe de planta de unos grandes almacenes» no estuviera adjudicado en exclusiva a Adolfo Suárez desde que se lo endosó Alfonso Guerra, la historia volvería a rimar. Porque el suarismo le dio tantas sorpresas a España como el bonillismo, que viene de bonus,bona,bonum. Nadie desea escuchar al presidente andaluz, pero todos desean ser escuchados o atendidos por un hombre cordial y plácido. Basa sus éxitos en ser consistentemente aburrido. No representa al sector más moderado del PP, sino a la España minoritaria que no grita. Por eso resulta más atractivo que Ayuso, enredada en sus propias conspiraciones tras quemar las naves en México. Y a propósito, ¿a quién representa Feijóo, al que Tellado ni siquiera personalizó en la noche electoral como el candidato que acabará con Sánchez?

El presidente andaluz no derrotó a María Jesús Montero por ser de derechas, un dato que, en todo caso lo emparentaría, con el PSOE. Le dobló prácticamente los diputados porque la vicepresidenta primera es un concentrado indigesto del peor sanchismo. Y a continuación, Moreno Bonilla se convirtió en el protagonista de la noche electoral. Algo sucede cuando todos los periodistas hemos de copiar la «matrícula de honor» fallida de la mayoría absoluta que encajó con naturalidad el candidato del PP, contrasten con la María Guardiola que es la versión extremeña de Montero. Y, sobre todo, el ganador ejecutó un homenaje de viva voz a la fiesta de la democracia que pilló a contrapié a los congregados de su propio partido, más favorables a una hegemonía por decreto.

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