Opinión | ENTREBANCS
Retos y alternativas

La comitiva fúnebre por la "muerte" de la educación pública que, a modo de reivindicación, encabezaba la marcha / José Manuel López
Son muchos los ciudadanos, especialmente los que tienen hijos en edad escolar, que afirman que el sistema educativo no siempre es exitoso. Puede ser el primer paso de exclusión social, puede influir en profundizar en la brecha social, en la desigualdad vigente hoy y aquí. Se preocupa en dar conocimientos cuando lo que falta es enseñar a desarrollar habilidades. De hecho, el abandono escolar es una realidad, especialmente en la escuela pública. Lo que provoca desigualdades sociales, nuestra comunidad ocupa el séptimo lugar en concentración desigual por niveles socioeconómicos.
«El origen social de los estudiantes es la variable más influyente y persistente para explicar los resultados e itinerarios escolares (…). Pero no significa que estudiantes de clase social más elevada también fracasen y abandonen; como tampoco significa que de forma mecánica todos los alumnos que provienen de entornos sociales desfavorecidos tengan malos resultados escolares. Ello sería una simplificación y una mala comprensión de la realidad social (…). Evidentemente, de ahí no se desprende que los individuos no tengan responsabilidades. El esfuerzo, el interés y las ganas son elementos necesarios para el éxito escolar. Pero tal esfuerzo e interés no se generan en medio de la nada, necesitan estructuras que los hagan aflorar en el contexto familiar y del centro educativo» (Aina Tarabini).
Hace unas décadas, no tantas, la persona adulta se integraba en su comunidad con relativa facilidad: familia propia y estable, trabajo más o menos cualificado pero seguro y permanente. Los hijos de las familias «bien» recorrían un siglo formativo largo y amplio que les garantizaban el acceso a una profesión estable, bien remunerada y socialmente reconocida. Los hijos de las familias «menos pudientes» recorrían un siglo formativo corto y básico, pero suficiente para encontrar una ocupación más o menos satisfactoria para toda la vida. Hoy, para unos y para otros, las circunstancias son muy diversas. El título universitario, aun siendo necesario, no garantiza un trabajo bien remunerado, ni tan siquiera un reconocimiento social.
La segunda parte del sistema educativo, la formación cívica, también experimenta una crisis. La dificultad de arraigo profesional, la falta de perspectivas de futuro, el imperio de lo fácil e inmediato y el fácil hiperconsumismo obstaculizan cualquier intento de transmisión de valores y hábitos cívicos, y castra en gran medida un proyecto personal de futuro.
Ante tales realidades, la tendencia es mirar a otro lado. Los padres «delegan» en los maestros todas sus responsabilidades. Los maestros no tienen por qué ser superhéroes y se ven frecuentemente superados. Las Administraciones responsables de la «cosa educativa», siguen apostando escasamente por la formación de sus ciudadanos y en muchos casos potencian la auténtica división de clases diseñando y propiciando itinerarios formativos discriminatorios según sea el origen y estatus cultural, económico y familiar.
¿Soluciones? En el ámbito colectivo deberíamos practicar una crítica seria de los efectos nocivos de un «economicismo» que ignora las necesidades y aspiraciones humanas no inmediatamente productivas y fuera de lógica del mercado. El ámbito familiar debería de asumir sus propias responsabilidades, algunas intransferibles en la formación de sus hijos. La comunidad educativa debería ofrecer una formación permanente, crítica y eficaz, no solo técnica o metodológica, deberían de priorizar la educación pública de calidad en todos sus niveles, así como posibilitar el acceso real a todos los distintos ciclos educativos independientemente de sus circunstancias familiares y socioeconómicas.
Casi la mitad de los jóvenes españoles vive una situación de desánimo y pesimismo porque no ven futuro. A partir de ahí comienzan a tener visibilidad los problemas psicológicos que afectan a 4 de cada diez personas de entre 15 y 29 años siendo la ansiedad el trastorno más generalizado.
Es mucho lo que está en juego. En la escuela, en la educación, está el futuro de nuestros hijos en lo profesional y en su desarrollo como personas y como ciudadanos. Pero también nos jugamos en futuro de la sociedad. Sólo tiene futuro quien apuesta decididamente por la educación. No es una utopía, ni una teoría, es la simple realidad.
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