Opinión | Tribuna
¿Gran reemplazo?

Japonés leyendo / Pedro Coll
La península ibérica, antes de la invasión romana, acogió a íberos, celtas, tartesios, lusitanos, galaicos y vascones. Los judíos, a la vez que los fenicios, aparecieron al mismo tiempo que los romanos, que llegaron en 218 a.C. La ocupación por los romanos de la península, a la que llamaron Hispania, duró más de seiscientos años, hasta la caída de su Imperio en el siglo V. En este largo periodo aportaron costumbres, cultura, lengua y leyes.
En el año 409 aparecen por aquí, y anidan, los suevos, los vándalos y los alanos. Y luego los visigodos.
En el año 711 se inicia la invasión musulmana, que acaba llegando a Asturias y dura hasta 1492, en que fueron expulsados por los Reyes Católicos. Esta vez fueron ocho siglos, superaron a los romanos. Durante este tiempo fundaron la joya de Al-Andalus, entonces un subidón de modernidad, y dejaron aquí un legado cultural de peso. Matemáticos y astrónomos. No hubo intento de reemplazo por parte de ellos, no intentaron arrasar, se produjo una necesaria convivencia, con sus sombras y sus luces, claro. La ciudad de Toledo llegó a ser conocida como «la ciudad de las tres culturas» por la cohabitación en ella de las religiones cristiana, musulmana y judía.
Desde aquellos íberos hasta hoy, hemos sido invadidos, y profundamente influidos, infinidad de veces. Si fuéramos perros, con perdón, en una enciclopedia canina nos ubicarían en la sección de los «mil leches» Pero ahí tenemos a los abascales, garrigas, ayusos, orriols…, poniéndose de puntillas, aparentando ser más altos y muy arios, emperrados en su discurso del miedo y del odio hacia el inmigrante. Sí, acabaremos siendo un país de viejos, pero muy españoles.
«Gran reemplazo» es el que ahora se está produciendo en Gaza, arrasando e inmolando a la población palestina, sustituyéndola por familias de violentos colonos israelíes. Lo de los nazis alemanes con los judíos ni siquiera fue un intento de reemplazo, fue todo un proyecto de eliminación, ellos lo conocía como «la solución final». Otro «gran reemplazo» lo ejecutaron de manera metódica los anglosajones (conocidos como estadounidenses) masacrando a cientos de miles de indios norteamericanos, dejando de ellos una pequeña muestra testimonial en delimitadas reservas. O los anglosajones (conocidos como australianos) que hicieron lo mismo con los aborígenes nativos.
Los «grandes reemplazos» históricos, a menudo empujados por el racismo, se han dado manu militari, no a causa de movimientos migratorios. La influencia migratoria no reemplaza, transforma a las sociedades receptoras.
Dos paradojas:
1) llevamos más de seis décadas sometidos, sin quejarnos, a la influencia yankee. De hecho, solo nos queda incorporar a nuestros días de celebraciones nacionales el de Acción de Gracias.
2) anualmente nos están visitando casi cien millones de extranjeros que, evidentemente, acaban afectando nuestros hábitos y costumbres. El poderoso poder blando de Hollywood y el reguero de millones de extranjeros que van pasando por aquí nos están transformando sibilinamente, y no me escandaliza, es la evolución.
Curiosamente un ejemplo de integración racial lo tenemos en Estados Unidos. Si el presidente Abraham Lincoln (1809-1865) -considerado entonces un líder progresista a pesar de ser el fundador del partido republicano- despertara hoy y se encontrara, ciento ochenta años después, con esa sociedad estadounidense tan permeada por la raza negra y por los hispanos -sociedad absolutamente multirracial, mal que le pese a los MAGA- en la que un negro, un hispano o un oriental puede ser médico, empresario, almirante, secretario de Estado, premio Nobel, senador y hasta presidente de la Nación… ¿pensaría Lincoln que se ha estado produciendo un enriquecedor avance social… o que la sociedad estadounidense -¡formada por inmigrantes!- está ante el riesgo de ser «reemplazada»… por inmigrantes?
La Historia de la humanidad es evolución. Los pueblos, desde aquellos cromañones hasta hoy, se han mezclado, han convivido, peleado, amado… «contagiado» unos de otros y a otros continuamente. Además, hoy, la inmigración -que evidentemente debe ser controlada por el Estado- sea masiva o individual es imparable a causa de los avances en la comunicación y la movilidad. Y esto nos lleva a un futuro multirracial, con fronteras más difusas. Ya lo advirtió, hace nada menos que 2.500 años, Heráclito de Éfeso, con su «panta rei»: todo fluye, todo cambia. Mi abuelo, residente en Menorca, pasaba siempre las Navidades con nosotros, en Palma, años 60. Un día llegó a casa muy excitado: ¡en la Plaza de España, a sus setenta años, acababa de ver el primer negro de su vida! Siempre que paso por esta bulliciosa y heterogénea plaza le recuerdo con una sonrisa.
Hay que ser terraplanista o nazi para no entender todo esto. Estamos ante el peligroso fenómeno en crecimiento de la «imbecilidad ideológica» o, dicho en cristiano, árabe o hebreo, del racismo combinado con la rigidez neuronal. Blanquearlo, hacernos un feijóo -lo de los abascales no tiene arreglo-, va a significar un suicidio colectivo. Y sí, seremos un país de masoquistas, pero muy españoles.
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